– Sígueme contando. ¿De dónde viene tu nombre? ¿Significa algo especial?
Sonreí enseguida.
– Bueno, como mucha gente he leído acerca del origen y significado de mi nombre. En cualquier mercadillo encuentras alguna placa o pergamino que indica que es de origen germánico y que significa “Hombre fuerte, varón, viril”.
– La verdad es que te pega. – dijo la china.
– Si yo te contara… – dije sin querer en voz alta.
– Cuenta, cuenta – me dijo.
– Te cuento, te cuento.
Y le conté… lo que me vino en gana.
– Me llamo Carlos, eso es cierto, pero te voy a contar un secreto que pocas personas saben. En realidad tengo dos nombres.
La china pegó una carcajada que no entendí.
– ¿Por qué tienes dos nombres?
– Verás, en mi familia, lo tres hermanos, tenemos dos nombres. El por qué es un secreto insondable que nunca jamás alcancé a entender, pero es así. Pero yo he de reconocer que tuve suerte con el mío. Mucha suerte, y nunca mejor dicho. Como no se ponían de acuerdo, para decidir cual era mi nombre, mis padres, pusieron en un perol seis papeles con seis nombres. La cosa fue así:
– “Fernando”, como yo – dijo mi padre, y echó un papelito con ese nombre
– “Enrique” – dijo mi madre – como se llama mi padre, y echó el suyo.
– Pues si pones el nombre de tu padre, yo pongo el del mío – dijo mi padre, y añadió “Salustiano” al perol.
– Que sea el nombre del patrón de Burjassot – dijo mi madre mientras escribía “Roque” en un papel,
– Ni pa ti ni pa mi, que se llame “Óscar” – dijo mi padre mientras escribía impulsivamente.
– Para eso que se llame “Carlos” – finalizó mi madre.
La china, como buena matemática, empezó a hacer combinaciones.
– La suerte estaba echada. – seguía contándole yo – El primer papel sería mi nombre, el segundo… también. Las probabilidades eran múltiples: “Salustiano Fernando”, “Roque Óscar”, “Fernando Enrique”, “Óscar Carlos”.
La china se reía.
– Sí, lo sé – le dije yo – Puedes hacer todas las combinaciones y verás que tuve suerte. Salió: Carlos Enrique. Al menos eso es lo que pone en mi DNI. No es que me avergüence de nada, pero es algo que no suelo contar.
– No me extraña – me dijo riendo cada vez más abiertamente – No me extraña.
– No entiendo las risas. ¿Cómo te llamas tú?
– ¿Yo? Yo me llamo 阿德利娜.
– ¿Y tú ríes del mío? El tuyo es como para tatuartelo, no te jode.
Me dí media vuelta y seguí sólo el resto del camino.