Volaba de València a Ibiza cuando, delante de mi en la cola para embarcar, había una extraña pareja. A uno no le veía la cara porque estaba de espaldas, pero el otro se giraba continuamente para dirigirle la palabra. Era un chico joven y excepcionalmente guapo. Alto, moreno, con unos ojos profundos de color grisáceo. Iba elegantemente vestido y su figura era apolínea.
Lo que me fascinó de él es cómo miraba a su pareja. Se lo comía. Una mirada pura, limpia, honesta, risueña. En ese momento pensé que el otro era un hombre afortunado. Lo miraba con una profundidad, con una sonrisa que podía verse en el interior de su iris. Una maravilla. Yo me quedé fascinado del amor que desprendían esos hermosos ojos.
Entonces tuve la necesidad imperiosa de verle la cara al otro. Quería ver si la mirada era correspondida. Necesitaba saber qué era lo que reflejaba un rostro que siente esa mirada en sus pupilas. Aproveché un momento en el que se dieron un beso para acelerar un poco el paso y adelantarlos. Giré mi cabeza para verlo, para intentar captar ese momento y cuando separaron sus bocas descubrí que era, para que negarlo, feo.
No del montón como yo mismo, no. El otro era profundamente feo. Muy feo. Me giré contrariado y entré en el avión sin dejar de pensar. De hecho no pude quitármelo de la cabeza en todo el viaje. Llamadme superficial pero me mantuve entretenido todo el vuelo pensando en cuál podía ser el motivo por el que lo amaba tanto. Pensé que si él había encontrado el amor, cualquiera de nosotros podía hacerlo.
Estuve tentado de sentarme a su lado y preguntarle. ¿Qué podía ver en él que no veíamos los demás? Estaba perdidamente enamorado. Lo vi en sus ojos. Estoy seguro.
Y así pasé los pocos minutos que nos costó llegar a la isla. De hecho no pude dejar de pensar en ello todo el fin de semana. Viendo a gente semidesnuda por las playas, paseando algunos de ellos cogidos de las manos, no consiguieron trasmitirme ni la mitad de amor que uno le dedicó al otro con solo una mirada.
Y es que no hay nada más importante porque, como dijo Frida Kahlo: “Si yo pudiera darte una cosa en la vida, me gustaría darte la capacidad de verte a ti mismo a través de mis ojos. Sólo entonces te darías cuenta de lo especial que eres para mí”.