Reinas — Carlos Galiana
Portada de Reinas
Trilogía de tórtolas y cuervos · Libro II

Reinas

El poder tiene un precio, y no siempre lo paga quien lo ostenta. En el corazón de la guerra entre tórtolas y cuervos, el amor y el destino ponen a prueba hasta qué punto se puede elegir quién se quiere ser.

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"Buscar un amor en tierras enemigas, nunca da buen resultado."
Reinas

"He llorado y disfrutado a partes iguales. Deseando leer la última entrega de la trilogía. ¡Enhorabuena!"

Cristina Hernández, València

Sinopsis

La guerra es inevitable. Tórtolas y cuervos se preparan para el enfrentamiento definitivo, pero en las sombras acechan fuerzas más poderosas que el odio. En esta realidad invisible para los humanos, pero siempre presente a su alrededor, el conflicto se entrelaza con pasiones ocultas, traiciones silenciosas y decisiones que nadie ve venir. A medida que la batalla se acerca, las certezas se desmoronan y la línea entre el bien y el mal se vuelve más difusa.

Han pasado veinte años desde los acontecimientos de Génesis, desde el nacimiento de Lily y Gloria. Ahora, tras la enigmática desaparición de Isabel y Miguel, el destino las señala como las futuras reinas. Pero el camino hacia el trono no está asegurado. Deberán demostrar que son dignas de gobernar, que pueden liderar en medio del caos. Entre dudas, lealtades puestas a prueba y fuerzas que escapan a su control, ambas tendrán que enfrentarse a sus propios miedos y a sus emociones más profundas.

Con una narrativa envolvente, Reinas, la continuación de Génesis, nos arrastra a una historia donde nada es predecible y cada página es un nuevo descubrimiento. Galiana despliega en esta segunda entrega de la trilogía De tórtolas y cuervos un realismo fantástico vibrante, lleno de tensión, emoción y giros inesperados. Lo imposible es solo una apariencia, cada decisión puede cambiarlo todo. Porque la guerra, como la vida, nunca sigue un único camino.

Presentación de Reinas

Uno

—Apenas quedan unos meses, Bea —le dijo Hugo.

—Lo sé, no me atosigues —le contestó, un poco molesta. Hacía tiempo que él intentaba hablar sobre el tema, pero siempre se mostraba reacia. Habían pasado ya muchos años desde que la tregua comenzara y tenían varios asuntos pendientes que resolver.

—Sabes que tu hija Gloria cumplirá veinte años el próximo febrero y no estamos lo suficientemente preparados. ¿No crees que sería un buen momento para convocar a Gabriela y pactar una ampliación de la paz? —insistió él.

—¿Negociar con Gabriela? —le reprochó—. ¿Acaso en todos estos años han respetado el acuerdo? Sabes que con ellos es imposible, es su naturaleza. —Hizo una pequeña pausa—. Y deja de decir «tu» hija Gloria, como si no fuera contigo.

—Sabes que no lo digo en ese sentido. Es una forma de hablar.

—Me molesta. Beatriz y Hugo habían salido a cenar los dos solos para celebrar el cumpleaños de ella. El verano había sido especialmente duro. Los escarceos de los cuervos se multiplicaban en lo que parecía anunciar el final de un ciclo. El contacto con Gabriela era nulo desde hacía años y Hugo estaba convencido de que algo había que hacer. No se fiaba.

—Beatriz —le dijo con cierta dulzura—, sé que estás preocupada. Pero no hablar sobre ello no hará que el problema desaparezca. El mundo está cambiando y tenemos que estar preparados para todo.

—Pero ¿qué quieres negociar? Ellos son el mal, nos quieres matar. Punto. Si durante todos estos años no se ha recrudecido la guerra ha sido porque yo no he querido. Bastante paciencia he demostrado todo este tiempo. ¿O no?

—No digas eso. Han sido años de una tranquilidad relativa. Reconozco que no siempre han cumplido con su parte del acuerdo, pero, en un balance general, tenemos que reconocer que ambas partes hemos mantenido nuestra palabra. Nosotros también…

—Nosotros —le cortó ella, tajante— nunca hemos iniciado ningún ataque. Siempre hemos actuado en defensa propia. Nunca hemos ido a Londres a provocarlos. Ellos, sin embargo, a veces se pasean por València como si fuera su casa. ¿Te imaginas que yo hubiera enviado a los míos a la puerta de su casa como han hecho ellos? Hemos tenido que pararles los pies en numerosas ocasiones. ¿O miento?

—Tienes razón. Siempre la tienes —admitió él en tono conciliador—. Pero reconoce que nos hemos defendido con un fragor inusitado. Beatriz soltó una sonora carcajada. Algunas personas de las mesas contiguas se giraron a mirarla con sorpresa. Hugo hizo un leve gesto de desaprobación. Casi imperceptible. Estaba preocupado por ella.

Tenía la certeza de que pensaba que todo se resolvería como por arte de magia, que los de arriba estaban con ellos y que nunca dejarían que les pasara nada, especialmente a Gloria. Él no lo tenía tan claro. Era un luchador nato y un gran estratega; por eso insistía en que pactar un nuevo acuerdo era lo mejor para ellos.

Estaba convencido de que en esta guerra estaban solos y que solo sus decisiones construirían el futuro de la humanidad. Tenía el convencimiento de que los de arriba los habían abandonado. El tiempo para ellos era diferente. En su realidad, el ritmo era otro. Pensaba que no podían fallar ni equivocarse, por eso creía que era necesario tener un plan mejor.

Pactar con Gabriela unos años más de tranquilidad era bueno para ellos, aunque eso permitiera a los cuervos seguir avanzando también en su fortaleza. Beatriz lo miraba ahora con cariño mientras le robaba una cucharada de la tarta de queso que él se había pedido. Él hizo otro gesto de reprobación, esta vez divertido. Ella le sonrió.

—No cambiarás —le dijo, simulando estar enfadado—. Nunca te pides postre y siempre acabas comiéndote el mío. Hubo un instante de silencio rodeado de felicidad. Estaban juntos y eso también era importante. Se querían casi como desde el primer día. Su amor había crecido con el tiempo, pero, con dos hijos y el padre de Beatriz, Toni, viviendo con ellos, no tenían muchos ratos para estar solos.

Entonces se miraban con cierta picardía.

—Volviendo al tema…

—Hoy no, Hugo —lo cortó sin reproches—. Es mi cumpleaños. Vamos a disfrutar de lo que queda de noche. Te prometo que mañana sin falta convoco una reunión con todos y trazamos una estrategia, pero hoy es mi día. Y ya sabes lo mucho que me gusta cumplir años.

—Es una señal de que sigues viva.

—Es una señal inequívoca de que sigo viva. Beatriz se comió el último trozo de tarta del plato de él mientras le sonreía sin disimulo. Hugo suspiró, divertido.

—¿Has visto hoy a Raúl? —le preguntó él. Ella lanzó un bufido de desaprobación.

—Tu hijo ni siquiera me ha felicitado el cumpleaños —le contestó, resignada.

—Este sí que es «mi» hijo —le dijo él, riendo.

—Sabes que no lo digo… Da igual. No me ha felicitado. Solo espero que al llegar a casa tenga una buena excusa. Beatriz resopló. Hugo la miró y pensó que sus ojos verdosos no habían perdido ni un ápice de su vivacidad. Las primeras arrugas empezaban a asomar en su contorno, pero le proporcionaban una especie de profundidad en la mirada. El color rojizo de su pelo seguía aportando alegría a su rostro.

Habían crecido juntos y ella había ganado belleza con los años. No habían tenido una vida fácil, pero tampoco habían pasado penurias. Si hacían un balance de lo bueno y lo malo, desde luego las cosas habían sido mejor de lo que podían imaginar. Sus hijos, Gloria y Raúl, habían crecido en un buen ambiente, protegidos y rodeados de buena gente. Ya sabían a lo que se enfrentaban, sobre todo Gloria.

Sin embargo, los dos lo llevaban con mucha tranquilidad. Es cierto que Raúl, que aún no había cumplido los dieciocho años, estaba últimamente más desmadrado, pero nada que no tuviera que ver con la edad. Hugo ya no era el adolescente del que Beatriz se había enamorado, pero se había convertido en un hombre muy atractivo.

Si no fuera porque sabía que la amaba hasta las últimas consecuencias, hubiera sentido celos de las miradas que él recibía a diario. Había forjado su musculoso cuerpo a base de entrenamiento continuado y seguía teniendo una personalidad arrolladora. Era todo un líder. Para bien y, a veces, para mal. Más de una vez le recriminaba que cargase con demasiadas responsabilidades.

Él, sin embargo, estaba encantado de ejercer de guía del grupo. Estaba convencido de que era su misión en esta vida y no iba a dejar que nadie desempeñara un papel que él mismo se había asignado cuando Miguel y todos los demás desaparecieron. No podían negar que los echaban de menos.

A pesar de no estar técnicamente en guerra, de tener a su lado todavía a Casandra, de haber creado casi de la nada un ejército de tórtolas y de no sentirse nunca solos, más de una vez hablaban de lo diferente que hubiera sido su vida con ellos cerca.

—Le puse Raúl porque significa «poderoso consejero» —continuó Beatriz—, para que fuera la mano derecha de su hermana, y es incapaz de acordarse de una fecha tan importante. Últimamente, no sé dónde tiene la cabeza.

—¿Dónde crees que la tiene? —le dijo Hugo sonriendo y quitándole hierro al asunto—. Si solo habla de chicas. A veces consigue que me sonroje cuando lo escucho. Raúl hace meses que no tiene otro tema de conversación.

—¿Crees que lo hemos hecho bien? —le preguntó ella con sinceridad. Ahora fue él el que soltó una carcajada que volvió a provocar las miradas de las mesas colindantes.

—Sin ningún tipo de duda —dijo todavía riendo—, pero está claro que tu hijo tiene una edad en la que sus hormonas están revolucionadas. No es culpa suya. Todos hemos pasado por ahí. ¿O es que no te acuerdas?

—A mí no me dio tiempo a pasar por ahí. Con su edad ya era madre. ¿O es que no te acuerdas?

—¡Como para no acordarme! Los dos se echaron a reír al unísono. A pesar del paso del tiempo, seguían teniendo una gran complicidad.

—Sin embargo, Gloria fue la primera en felicitarme —le confesó Beatriz—. Casi no habían acabado de sonar las doce campanadas en Santa Catalina y ya lo había hecho. Nada que ver con su hermano.

—Son muy diferentes.

—No te lo he dicho. ¿Sabes qué me ha regalado? Hugo negó con la cabeza. Beatriz sacó de su bolso una turmalina amarilla y se la enseñó. Él la cogió con curiosidad para mirarla de cerca.

—Dice que me protegerá del mal y que me ayudará a superar las incertidumbres y aliviará mis miedos —le explicó ella.

—Es un detalle.

—Raúl seguro que me regala un colgante, como el año pasado y como el anterior. Tengo tres Luces Celestiales en casa. Y cada vez que me lo da me dice: «Contiene un cristal que emite una luz tenue. Se dice que protege de las energías negativas y guía hacia el camino de la claridad». Todos los años la misma historia. ¿Cómo puede tener tan poca memoria?

Hugo le devolvió la piedra y Beatriz la lanzó dentro del bolso sin ningún cuidado.

—En eso son los dos iguales. ¡Qué hartura! ¿Es necesario que mis hijos siempre me regalen estas cosas? — Suspiró—. Piedras, amuletos, colgantes. Sé lo que soy y lo que represento, pero, de vez en cuando, me gustaría que pensaran un poco más a la hora de hacerme algún regalo y me vieran como una madre o, simplemente, como una mujer.

—Beatriz, reconoce que eres una persona difícil de regalar. Tienes de todo. Cuando algo se te antoja te lo compras. Es casi imposible acertar o conseguir algo que no te hayas comprado tú misma. Por suerte, no les iba mal a nivel económico. Tal y como negociaron, les habían dejado unas cuentas muy bien saneadas. Vivían bien.

Se podía decir con tranquilidad que el dinero no era ningún problema para ellos, pero no derrochaban, ya que su mayor preocupación era que nadie supiera cuánto tenían. Ni siquiera sus propios hijos. Ambos estaban en una edad en la que les encantaría gastarse más de lo debido y alardear con sus amigos de su posición económica. ¿A qué adolescente no le gusta la ostentación?

Hugo tenía su oficina en el barrio de Campanar. Utilizaba de tapadera un comercio que vendía todo tipo de ropa vintage a precios desorbitados. Evidentemente, había pocos clientes y pocas ventas, pero ello le permitía trabajar en secreto sin ser molestado en exceso. En el pequeño habitáculo trazaba sobre el papel mil y una posibles batallas y tácticas de combate.

Beatriz era directora de una academia de pintura y escultura de su propiedad. Desde allí reclutaba a nuevas tórtolas con mucha habilidad. En los años que llevaba trabajando no se había equivocado nunca a la hora de seleccionar a los futuros adeptos. Tenía un ojo excelente para incorporar personas a la causa.

—Será mejor que nos vayamos a casa —dijo ella—. Me gustaría llegar antes de que mi padre se acueste. Pagaron la cuenta y salieron del restaurante. El Apapacho seguía siendo su lugar favorito para las celebraciones. Al cruzar la puerta, se percataron de que estaba lloviendo con cierta intensidad. Antes de salir corriendo hacia el coche, Hugo la cogió de la cintura, la acercó hacia él y la besó.

—Te quiero —le susurró al oído. Cuando llegaron a casa, Toni ya estaba durmiendo y Gloria repasaba en su habitación el poder de las gemas. Beatriz resopló al enterarse de que Raúl aún no había vuelto. Iba a decirle algo a Hugo sobre el tema cuando su hijo apareció por la puerta, empapado y con una sonrisa en los labios. Se acercó a su madre y le plantó un sonoro beso.

—¡Feliz cumpleaños, mamá! ¿Pensabas que me había olvidado de ti? —le dijo mientras le daba un paquete que llevaba en las manos—. Ábrelo. Es una Luz Celestial. Contiene un cristal que emite una luz tenue. Se dice que protege de las energías negativas y guía hacia el camino de la claridad. Seguro que te es útil. Beatriz miró a Hugo y este soltó una pequeña carcajada.

Ella, disimulando su disgusto, le dio las gracias a su hijo y se fue a la habitación farfullando algo ininteligible sobre el colgante que acababa de recibir. Cuando Raúl se dirigió hacia la cocina para hacerse un bocadillo, su padre lo paró en el pasillo y lo cogió del brazo.

—¿Dónde has estado? —le preguntó un poco enfadado—. Tu madre ha estado esperando tu felicitación todo el día. ¡Vienes empapado! Mañana por la mañana, cuando te levantes, ya puedes hacerle la pelota a tu madre todo el día.

—¿Yo? He estado… De repente, su padre, al mirarlo fijamente a los ojos, lo comprendió todo. Hugo no pudo evitar compartir una sonrisa cómplice con su hijo. Su disgusto se disipó en un instante.

—Mañana me lo vas a tener que contar todo, campeón —le dijo guiñándole un ojo, olvidándose de todo lo demás. Le dio una palmadita en el hombro y se fue hacia la habitación. Antes de entrar se giró para volver a mirarlo y, sin saber por qué, se sintió orgulloso. Raúl se quedó pensativo en el pasillo. No acababa de comprender cómo su padre se había dado cuenta de lo que había pasado hacía unas horas.

Entró en la cocina, abrió la nevera y exclamó:

—¡Joder, qué hambre tengo!

Dos

Lily tenía el cabello largo, grueso y de color rubio oscuro. Solía llevarlo suelto con ondas grandes y voluminosas. Su rostro era redondeado y agradable, con pómulos prominentes. Su piel, muy bien cuidada, era llamativamente clara. Sus cejas estaban bien definidas y un poco arqueadas, enmarcando unos expresivos ojos azules. Usaba con frecuencia sombras suaves y pestañas postizas para resaltarlos.

De hecho, solía maquillarse con un delineador negro, lo que le daba a su mirada una apariencia dramática. Aunque los ojos eran su punto más llamativo, usaba colores suaves en sus carnosos labios, manteniendo un equilibrio entre su mirada intensa y un maquillaje discreto. Su figura, de metro setenta y cinco, era más bien curvilínea.

Vestía de color negro, con ropa muy elegante e impecable que resaltaba su cuerpo de manera sutil. No solía llevar accesorios llamativos. La joyería que utilizaba era muy discreta, con pendientes pequeños y algún anillo con clase. Además, su estilo era bien definido y su presencia en cualquier lugar era lo que realmente destacaba. Lily siempre tenía una postura segura que irradiaba autenticidad.

Tenía una voz poderosa que la convertía en el centro de atención. Siempre mantenía una actitud tranquila y cálida, lo que hacía que conectara con la gente de manera inmediata y enérgica. A sus diecinueve años, se podía decir que era una mujer segura y genuina. Los cuervos la adoraban por su singularidad. Y, sin embargo, en ocasiones, no dejaba de ser casi una niña.

Luchar contra las tórtolas no era algo que la apasionara y, no obstante, era consciente de su destino.

—¿Y no crees que es mejor esperar? —le dijo Lily a su madre.

—¿Esperar a qué? —le contestó Gabriela, visiblemente molesta—. Has completado tu formación. Deberías viajar a València. Las dos estaban desayunando en la terraza de su lujoso ático en el exclusivo barrio de Knightsbridge en Londres y disfrutaban de la abundante comida que había en la mesa. Desde la altura admiraban la atmósfera de serenidad que ofrecía Hyde Park.

No eran pocas las veces que salían juntas a pasear por el parque para distraerse de la ajetreada vida de la capital. Era como un refugio de calma, un lugar donde perderse, hablar sobre sus planes con tranquilidad y olvidarse un poco de todo.

—Mira qué belleza, mamá —le dijo Lily señalando los árboles que parecían cercanos—. ¿Qué ocurrirá con todo esto?

—¿A qué te refieres?

—Si ganamos o si perdemos, ¿qué pasará?

—No vamos a perder.

—Ya, pero…

—Cuando ganemos —la interrumpió su madre—, será mejor todavía. El mundo entero será un gran jardín. Traeremos el paraíso a la tierra, justo lo que ellos no quieren. La naturaleza vivirá libre. Los ojos profundamente negros de Gabriela siempre brillaban cuando hablaba del futuro, y eso que era difícil diferenciar en su mirada el iris de la pupila.

Se imaginaba un mundo gobernado por su hija, bajo el poder de los cuervos, con la libertad total por bandera y sin la tiranía de las tórtolas. Las cosas habían cambiado mucho durante estas casi dos décadas y estaba convencida de que iban a hacerlo aún más. Estaba convencida de que ellos eran mejores. Las reglas del juego eran otras. Llegar a un pacto fue lo mejor que pudo hacer casi nada más nacer Lily.

Aquello le permitió recomponerse primero y formar un poderoso ejército después. Londres entera era una ciudad de cuervos. Las tórtolas no se habían atrevido ni a pisar sus calles en todos estos años y ella fue haciendo camino, conquistando corazones y cuerpos para la causa. Y teniendo otra hija: Erika. Las tres eran, con diferencia, las guerreras más brillantes.

Entre ellas se protegían, se amaban y se respetaban y, como solían decir, no necesitaban varón que las subyugara. En su organización, las mujeres ocupaban los puestos de decisión, mandaban sobre todas las cosas. Ellos se limitaban a entregar su fuerza bruta cuando esta era necesaria, que no era siempre, ni mucho menos. Un equilibrio que se les antojaba perfecto.

—¿En qué piensas, Lily? —le preguntó su madre al ver que se había quedado callada mirando el horizonte.

—Simplemente respiro.

—Eso es realmente importante, hija.

—¿Por? —le preguntó Lily, un poco contrariada.

—Es muy fácil. Y con esto te voy a dar una de las claves fundamentales de esta vida. De verdad que no encontrarás reflexión que supere la trascendencia de lo que ahora te voy a decir. ¿Estás preparada? Lily lanzó un suspiro adivinando que lo que venía a continuación era alguna bobada de su madre, y no se equivocaba.

—Estoy preparada —le dijo con resignación.

—Respirar es imprescindible, respirar es mucho más importante de lo que se nos antoja —dijo Gabriela con toda solemnidad— porque si no respiras… te mueres. Nada más decirlo empezó a reírse con ganas. Lily la miraba dándola por imposible, aunque acabó riéndole la gracia. Gabriela era una bromista nata. Su, a veces, fina ironía era una especie de escudo que le permitía mantener una excelente salud mental.

Siempre decía: «Me gusta la gente que me hace reír. De hecho, es la única gente que me cae bien. Si eres incapaz de sacarme una sonrisa de vez en cuando o una simple risita auténtica y prolongada, no mereces estar en mi vida. Si me vas a quitar el aire, que sea de alegría, y tendrás todos mis respetos. Para mí no hay nada más importante que una buena carcajada que te haga soltar un par de saludables lagrimones.

Si me vas a hacer llorar con tus dramas, vete a otro lado. No me interesa. Me aburre». Gabriela imponía con su cabello rapado al cero en honor a Isabel, su madre, la antigua líder de los cuervos. Era más bien bajita y enjuta, pero con una personalidad arrolladora. No eran pocos los hombres y mujeres que se habían puesto a temblar con solo sentir su presencia. Se hacía respetar y temer.

Era extremadamente poderosa y muy hábil. Había conseguido imponer su criterio en la lucha contra Beatriz y los suyos. Su palabra era ley y sus órdenes, incontestables. Había criado sola a sus dos hijas y se sentía orgullosa de ello. Ahora su objetivo era forzar un nuevo orden.

—Lily, volviendo al tema —dijo cuando recuperó la compostura después de ese momento alegre y cómplice con su hija—. Tenemos que preparar un viaje a València.

—Tú mandas, mamá —le contestó su hija, aceptando la situación.

—Hablaré con Erika para que te acompañe y te enseñe la ciudad. Que te sirva para situarte allí, conocer los lugares más importantes y hacerte un plano mental de la situación. Nada de peleas y nada que pueda revelar tu estancia allí. Apenas había dicho esto cuando Erika entró en la terraza. Se parecía a su madre físicamente, aunque su cabello era largo y negro como el tizón. Era atrevida y muy osada.

Con su carácter un poco díscolo, las había metido en no pocos problemas. No tenía pelos en la lengua y era un alma libre. Sus viajes continuos a València de manera casi furtiva le habían proporcionado un conocimiento exhaustivo de la ciudad. Era temida por las tórtolas más por lo que se decía que había hecho que por lo que de verdad había hecho. Había una especie de leyenda negra alrededor de su figura.

Algunos decían que tenía los ojos rojos de odio y que una mirada suya te podía paralizar. Unos decían que era alta, otros que era bajita, pero, en todo caso, todos aseguraban que era una gran exterminadora. En realidad, nadie sabía cómo era físicamente. La diversidad de descripciones hacía imposible identificarla. Eso también le permitía cierta libertad de movimiento en el campo enemigo.

Erika pasaba desapercibida y eso era una gran ventaja para ella. De hecho, casi nada de lo que se decía de Erika era real. Sus ojos eran azules y casi idénticos a los de su hermana. Para su corta edad, se movía con extremada precaución cuando viajaba.

Era cierto que con las tórtolas había tenido algún que otro enfrentamiento que había estado a punto de hacer estallar la guerra al romper el pacto, pero eran los cuervos los que la temían más por sus reacciones duras cuando no estaba de acuerdo con algo o cuando sospechaba que alguien se sobrepasaba con sus comentarios sobre su madre o su hermana. Deseaba ir a la batalla, ya que su odio hacia el enemigo era inmenso.

A veces no entendía cómo su hermana permanecía casi impasible ante lo que se aproximaba. Pensaba que Lily era demasiado condescendiente con la situación. Si por ella fuera, todo habría estallado hace tiempo, pero su fe ciega en su madre y en su estrategia le hacía mantener la compostura e intentaba no dar pasos en falso.

—De ti estábamos hablando —le dijo Gabriela después de darle dos sonoros besos—. ¿Dónde has estado estos días?

—Ocupada —contestó lacónicamente mientras se servía un vaso de zumo de naranja.

—Ya me imagino —le dijo su madre—. Pero ¿podrías ser más concreta? Aún no eres mayor de edad.

—Pensaba que en nuestro mundo eso carecía de importancia —dijo Erika con retintín sentándose con ellas.

—Es mi casa y son mis normas —replicó Gabriela con cierta dureza—. Llevas tres días desaparecida. No es que estuviera preocupada en exceso, pues sé que eres más que capaz, pero me gusta saber dónde están mis hijas. Es una manía que tengo. Erika miró a su hermana buscando un poco de complicidad, pero no la encontró.

Lily no solo estaba de acuerdo con el reproche de su madre, es que además se encontraba demasiado absorta pensando en València.

—He estado en València —contestó por fin.

—¿Alguna novedad? —preguntó quitándole importancia, aunque un poco enfadada por ello. Hubo un pequeño silencio en lo que Erika se debatía entre contar lo que había pasado y lo que debía contar.

—No —dijo finalmente—. Todo bastante aburrido.

—Para haber estado tantos días allí… —le reprochó ante la falta de conversación de su hija.

—Ya. Gabriela tomó un último sorbo del café, que ya se había enfriado, dejó la taza en la mesa y se levantó para marcharse. Antes de salir de la terraza les dijo:

—No tardéis, hoy tenemos mucho trabajo que hacer. Hay que planificar tu viaje, Lily. Erika la miró, extrañada, y levantó las cejas, como preguntándole.

—Quiere que vaya a València —le explicó Lily.

—¡Por fin! —exclamó Erika, encantada—. Creía que nunca ibas a salir de tu torre de cristal.

—No seas borde. Ya sabes lo que opino. Se miraron un momento en silencio.

—¿Me cuentas a mí qué has hecho estos tres días? —le preguntó Lily a su hermana con bastante curiosidad. Erika sonrío y le dio un bocado a un cruasán que tenía en la mano.

—He conocido a un chico —le dijo con la boca llena.

—¡No tienes remedio! —le medio reprochó Lily.

—Que tú quieras permanecer virgen no es mi problema —se burló.

—Sabes que no… Bueno, da igual. Ya hemos hablado muchas veces sobre el tema.

—No sabes lo que te pierdes.

—¡Cállate! —le dijo divertida, lanzándole un cruasán a la cabeza.

—No, en serio —continuó Erika, recogiendo el bollo del suelo—. Este chico es el bueno.

—Siempre dices lo mismo. ¿Cuántos llevas ya?

—Este es diferente, de verdad —dijo poniéndose seria—. Tenía algo muy especial. A pesar de ser tan diferentes, las dos hermanas tenían una enorme complicidad. Por separado tenían un poder especial, pero juntas eran casi imbatibles. Su formación había ido en paralelo y las dos tenían muy claro cuál era el papel de la otra. No había ni un ápice de celos entre ellas, más bien al contrario.

Se tenían una admiración mutua que iba incluso más allá de la sangre que compartían.

—Me lo tendrás que presentar cuando vayamos a València —dijo Lily, sonriendo.

—Va a ser difícil.

—¿Por qué?

—No sé cómo ni dónde localizarlo. Es más, le dije que no nos volveríamos a ver nunca más.

—¡¡No puede ser verdad!!

—Lo sé, lo sé. Soy un caso —le dijo Erika entre risas—. Estaba tan nerviosa que no se me ocurrió otra cosa.

—¿Tú, nerviosa? Eso sí que es una novedad. Lily no salía de su asombro. —«No vamos a volver a vernos nunca más» —dijo Erika, burlándose de sí misma—. Soy una auténtica idiota. ¿Pero qué le vamos a hacer? Lily la miró sorprendida y le lanzó otro cruasán que su hermana, esta vez, atrapó con mucha habilidad. Las dos rieron con ganas. Erika se metió el cruasán en la boca y dijo:

—¡Joder, qué hambre tengo!

Tres

Berto se encargaba de la formación de Raúl en una pequeña tienda situada en el barrio de Torrefiel, al lado del mercado. La decoración era excesiva, con múltiples artilugios que colgaban de todas partes. La pared era de color negro y, aunque impoluta, se veía poco por la cantidad de todo tipo de amuletos, collares, piedras, fotografías, cuadros y demás trastos y cachivaches que allí había.

Sin embargo, lo que más llamaba la atención era un enorme jarrón chino que mediría no menos de tres metros de alto y más de metro y medio de base. Era tan grande que apenas le faltaban un par de centímetros para tocar el techo. Estaba en el centro del establecimiento y dificultaba muchísimo la visión completa de la tienda.

Desde que lo había colocado allí, hacía poco más de una semana, todo el mundo se preguntaba cómo Berto había sido capaz de meter semejante mamotreto por la diminuta puerta que daba a la calle. Estaba realizado en porcelana fina y translúcida de alta calidad y decorado con intrincados dibujos pintados en un llamativo color azul cobalto sobre un fondo blanco.

El borde estaba adornado con patrones geométricos repetitivos con motivos de espirales que representaban el ciclo de la vida. El resto de la gran vasija estaba decorado con un enorme paisaje natural con nubes, montañas y ríos en azul, simbolizando la conexión del hombre con la naturaleza.

Había que fijarse muy bien para localizar un fénix, símbolo de la virtud, la gracia, la prosperidad, la paz y, especialmente, de la feminidad, que había pintado en la parte baja de la pieza.

Aunque era pequeño en comparación con la grandeza del jarrón, se podía ver que tenía el cuerpo de varios animales: la cabeza de un faisán, la cola de un pavo real, las alas de un águila y las garras de un ave de presa, reforzando así la idea de que el fénix encarna todas las virtudes de los seres vivos. Raúl y Berto estaban repasando en la trastienda el poder de los colores, los números y las gemas.

—Cuando quieras que alguien te diga la verdad sobre cualquier cosa, solo tienes que darle de beber agua de una botella donde, con anterioridad, hayas escrito con un rotulador verde siete veces el número siete —le explicaba Berto—. Luego tendrás siete minutos para hacerle las preguntas que quieras que te conteste. No podrá mentirte. En ocasiones, muy a su pesar.

—Los números, ¿juntos o separados? —preguntó Raúl mientas anotaba lo que le había dicho en una libreta.

—Separados y repartidos por toda la botella. Tienes que intentar que no se vean mucho.

—Entiendo. Raúl era un alumno muy aplicado y aventajado. Aunque para otras cosas era un poco desastre y hasta se podía decir que olvidadizo, para la magia tenía una habilidad especial. Berto pensaba que iba a ser de gran ayuda en la lucha contra el mal. Ya había demostrado su poder en más de una ocasión y era muy hábil en las técnicas de defensa.

Todos querían aprender a atacar, pero Raúl se había especializado en todo lo que servía para proteger. Siempre decía que en una batalla permanecería al lado de su hermana para salvaguardarla. El cuerpo a cuerpo tampoco se le daba mal. Los cuervos conocían su existencia, pero no su identidad. Beatriz se había encargado con ahínco de que así fuera. De hecho, al principio, no quería ni siquiera que recibiera formación.

Su intención era la de mantenerlo alejado de toda lucha. Fue imposible. La conexión especial que Gloria y su hermano tenían hizo que Raúl empezara a estudiar al cumplir los quince años. Gloria le había enseñado a escondidas más de una habilidad y Raúl pidió comenzar a formarse como regalo de cumpleaños. Beatriz y Hugo convinieron entonces en que era absurdo poner barreras a algo que iba a suceder muy a su pesar.

Ambos pensaron que Berto sería el maestro más adecuado para su hijo, igual que Paula lo estaba siendo para su hija. No se equivocaron. Berto había cambiado muchísimo. Ahora era un hombre fornido y mucho más serio que en su adolescencia. Su carácter explosivo se había ido apaciguando con los años y su pasión por las matemáticas les había servido de mucho.

Con una barba bien tupida y unas cejas pobladas, parecía mayor de lo que era. Sus manos eran bastante grandes y su complexión, en general, fuerte. Físicamente, imponía mucho respeto. En ese último año su mirada parecía un tanto triste por la pérdida de sus padres en un accidente de coche que no había quedado esclarecido del todo y que él sospechaba había sido cosa de los cuervos.

Tenía con ellos una relación especial y le estaba costando superarlo. Por eso y por lo de Luis. No habían sido unos meses fáciles para él.

—Por otro lado —continuó Berto—, si necesitas ser positivo, optimista o pensar con serenidad en un estado de tranquilidad y felicidad sobre cualquier cosa, bebe de una botella donde hayas escrito con un rotulador dorado el número 8128. Es un número feliz perfecto muy importante.

—¿Un número feliz perfecto? —repitió Raúl, sorprendido.

—Bueno, es un rollo matemático complicado de explicar. Tú intenta llevar siempre encima una botella con ese número por si en un momento determinado te hace falta. Ya verás como al primer sorbo tu mente se empieza a aclarar, lo ves todo de una manera más serena y efectiva. Ya lo probarás. Es difícil de transmitir. Es como beber felicidad.

—¿Solo funciona con agua?

—En realidad, puedes poner el número en un paquete de arroz, en una tableta de chocolate o en cualquier alimento o bebida que vayas a consumir. Solo tienes que escribirlo y esperar al menos diez minutos para que haga efecto.

—Ahora hace falta encontrar un rotulador dorado — dijo Raúl riéndose. Berto lanzó un suspiro, se levantó, fue a un pequeño escritorio que había detrás de él y sacó uno.

—De verdad que me va a costar criarte —dijo mientras se lo pasaba.

—Has sonado igual que mi madre —le contestó riéndose, pero agradeciendo el detalle. Cogió la botella de agua que tenía delante y escribió con el rotulador el número en la base.

—Por hoy ya hemos acabado —le dijo Berto—. ¿Nos tomamos algo o tienes prisa?

—No, gracias —le contestó con una sonrisa—. Ayer llegué tarde a casa y hoy quiero volver pronto. Recogió todas sus cosas y Berto lo acompañó a la puerta de la tienda para despedirlo.

—Algún día me tienes que contar toda la historia de ese cacharro —le dijo Raúl casi en la puerta señalando el enorme jarrón chino.

—No tiene mucho misterio —le quitó importancia al asunto.

—Pues menos mal, ocupa media tienda.

—Lo sé, lo puse yo ahí —le dijo mientras casi lo empujaba hacia la salida.

—¿Para qué sirve? —insistió Raúl con curiosidad.

—No todas las cosas sirven para algo —le dijo sin mucho entusiasmo—. A veces son parte de la decoración o una forma de distraer al personal. Tú ahora no dejas de mirar el jarrón chino y no has visto la doble campanilla que hay en la puerta. Todo es una cuestión de prioridades, perspectivas y necesidades. Raúl miró inmediatamente encima de su cabeza.

—¿Y esto? —le preguntó levantando la mano y tocándola—. Está rota, no suena.

—Solo tintinea cuando entra gente mala en la tienda. Es una especie de detector de cuervos.

—Pero el jarrón seguro que lo utilizas para algo — insistió. Berto resopló un poco y bromeó haciendo como que lo sacaba a patadas de la tienda. Al hacerlo se le soltó un botón de la camisa y dejó entrever parte de su velludo pecho.

—¿Y ese tatuaje? —le preguntó Raúl con una sonrisa pícara que pretendía ser cómplice—. ¿Es nuevo? No te lo había visto nunca. Berto se abrochó de manera apresurada y con bastante vergüenza. Tenía un dragón tatuado encima del corazón. Sus alas eran pequeñas y delicadas, plegadas cerca de su cuerpo, mientras la cola se enrollaba sutilmente.

La cabeza era angular, con unos cuernos diminutos y unos ojos afilados con tinta roja. Las garras parecían estar en movimiento. El cuerpo era estilizado y curvado, con escamas detalladas en su serpenteante silueta.

—Deberías preocuparte más de tus cosas que de las mías.

—Es igual que el que tiene Luis en la espalda, ¿no?

—Haces demasiadas preguntas —respondió, molesto—. La curiosidad mató al gato. Lo cierto es que se lo había hecho dos meses atrás y ya se había arrepentido. Una noche de desánimo y borrachera tenía la culpa. Cuando llamó para preguntar cómo eliminarlo, le dijeron que como mínimo debía dejar pasar seis meses antes de hacerlo. Ya en ese momento resopló pensando en cómo iba a ocultarlo todo el verano.

Poco había durado el secreto.

—Te pido, por favor, que no se lo digas a nadie. Ya sabes que… Bueno…, ya sabes.

—A mí no me tienes que dar explicaciones, Berto. Y, en todo caso, soy una tumba.

—Gracias.

—Peroooo…

—Ya sabía yo que esto no me iba a salir gratis — refunfuñó.

—Tienes que ayudarme a encontrar a una chica —le dijo con un poco de rubor. Hubo un pequeño silencio incómodo. Raúl esperaba un gesto afirmativo por parte Berto y este se resistía a ayudarlo en cuestiones de amoríos.

—Vale —cedió—, ¿me cuentas?

—¡Buah! Es que no sé ni por dónde empezar.

—Como suele decir Casandra, «utiliza el método latino, que es el más habitual: empieza por el principio». Raúl lo miró sin saber si seguir en el quicio de la puerta, volver a la trastienda o ir con él a tomar algo.

—Es que no hay mucho que contar. Bueno, sí pero no. Quiero decir que pasaron muchas cosas, pero eso no es importante ahora. Lo es, pero no para lo que quiero que me ayudes. ¿Me explico? Berto pensó «No, no te explicas», pero prefirió decir un escueto:

—Perfectamente. Raúl empezó a hablar sin control. Había heredado la famosa verborrea que su madre tenía de joven.

—El caso es que lo que importa es que no sé cómo localizarla. Pasamos juntos una buena noche. Mejor que buena. La mejor noche de mi vida, ¿sabes? Una noche inolvidable. Pero nos despedimos con un «hasta nunca» y al principio me pareció lo mejor. Nada de complicaciones, nada de ataduras. Ha pasado hoy y ya. Soy un perfecto idiota, ¿verdad? —Berto no movía ni un músculo del rostro.

Raúl seguía, imparable—: Pero luego, una vez en casa, ya no me pareció lo mejor. Al contrario, me pareció lo peor. Y ahora quiero encontrarla y no sé cómo. Y creo que tú puedes ayudarme con alguna mezcla de números, gemas o colores. Sé que había algo con la foto de la persona, un zafiro y una vela azul. El problema es que no tengo foto. Pero es que no sé ni cómo explicarte cómo es, ¿sabes?

No sabría describirla exactamente. Es que tampoco sé casi ni cómo nos juntamos, pero surgió. ¡Y vaya si surgió! Todo fue muy bien. Y ahora todo es pensar en ella. Todo es ella. No me la puedo quitar de la cabeza. Olvidarla no la he olvidado, ¿eh? Es que no sé cómo pasar la imagen que tengo de ella aquí —dijo señalándose la frente— a aquí —y se señaló la boca—. Es pensar en ella y atontarme.

Berto levantó una mano para que Raúl dejara de hablar. Lo miró con cierta desesperación y le dijo muy despacio:

—Cuando llegues a casa coge un folio en blanco y un boli negro. Bebe de la botella que llevas con el número dorado y espera un minuto. Piensa en esa chica y escribe todo lo que te venga a la cabeza. El próximo día me lo traes y veré lo que puedo hacer. ¿Lo has entendido? El otro ya no dijo nada y, sencillamente, afirmó con la cabeza.

—Y ahora, lárgate de aquí —le dijo Berto después de unos segundos. Raúl se despidió de él con dos sonoros besos y salió dando saltitos por la calle. Berto hizo gesto de limpiarse, molesto, las dos mejillas con las manos, pero con una sonrisilla bajo su respingona nariz. Cuando Raúl desapareció de su vista, cerró con llave la puerta de la tienda, se dio media vuelta y volvió a la trastienda.

Una vez dentro, sacó un vaso grande de la alacena, se puso hielo y abrió una botella de whisky. Estuvo sentado en silencio y en penumbra durante casi una hora. Lo único que hacía era mirar el vaso y levantar la vista de vez en cuando hacia el enorme jarrón chino. También se tocaba con la mano derecha el tatuaje en su pecho.

Cuando se le acabó la bebida, cogió un antiguo teléfono de pared que había allí colgado y marcó un número que conocía de memoria. Pocos tonos después, una voz masculina contestó al otro lado:

—¿Sí? ¡Dígame! Hubo silencio por respuesta.

—¡Dígame! —repitió la voz. Las lágrimas ya afloraban en los ojos de Berto y caían al suelo sin poder evitarlo. Era un llanto doloroso, ahogado, de los que dejan sin aliento. Intentaba, sin mucho éxito, taparse la boca para controlar la respiración y atenuar los sollozos. El teléfono permanecía pegado en su oreja cuando, antes de colgar, escuchó al otro lado:

—Berto, soy Luis. ¿Eres tú? En ese momento, la desolación se volvió incontrolable.

¿Quieres seguir leyendo?

Esto es solo el principio.

El prólogo y estos primeros capítulos son una muestra. El resto de la historia te espera en la edición completa.

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Carlos Galiana
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