Por fin llegó la primavera

Escribo este texto desde el casal de Sevilla Dénia, mi falla. En plena vorágine festera me he metido en el despacho desde donde se gestiona la comisión para poder escribir este artículo. A través de la cristalera veo a «mis» falleros preparándolo todo para los días grandes de la fiesta mientras comentan con sorpresa y regocijo el premio de luces de la falla Cuba-Puerto Rico. El triunfo de David contra Goliath. Un clásico que emociona.

Entre gritos y alegría escucho a Pilar, Marisa o Mª Carmen mientras escribo: Carlos, ¿te has apuntado a la cena? Carlos, ¿Dani y tú vais a hacer dos ofrendas? Carlos, ¿el polar lo has cogido? ¿Le has traído a Rosa lo de la lotería? ¿Miraste las entradas para la Cuartero? Carlos, Carlos, Carlos… No me da tiempo a contestar una pregunta y ya tengo otra. Me cuesta escribir pero no se me acaba la sonrisa. Sobre todo en los ojos, que es con lo que mejor se sonríe.

Es difícil de entender pero aquí solo soy Carlos, como otras solo son Mónica. No hay apellidos, ni cargo, ni protocolo. No hay más privilegios que los que te otorgan la amistad o las complicidades creadas a través de los años. Aquí no hay política ni políticos. Aquí no hay malas caras ni reproches en los posicionamientos.

Aquí derechas e izquierdas compartimos plato y mantel. Aquí licenciados e iletrados nos sentamos juntos a reír de los mismos chistes. Aquí en los juegos formamos parejas que nadie comprende.

Aquí hablo de todo y de todos. Aquí he forjado amistades que difícilmente se hubieran dado en otras circunstancias. Aquí he reído a carcajadas yo solo y aquí he llorado de forma colectiva.

Aquí aprendí valenciano, aprendí sobre democracia, sobre respeto o solidaridad. Incluso aquí aprendí sobre tecnología, sedes electrónicas o certificados digitales antes que en ningún sitio. Aquí, aunque no lo parezca, me enseñaron sobre la libertad individual y el esfuerzo colectivo.

Durante estos días leeremos mucho sobre calles cortadas, churrerías, petardos, molestias, etc. Pero leeremos poco sobre la labor que realizan las fallas durante el resto del año.

Entiendo que no lo entendáis. Y no, el fallero no es un mundo ideal, ni llueven unicornios, pero los días de fiesta son solo la punta del iceberg de una maravillosa energía colectiva. Tal vez la parte más molesta, pero también la menos importante. Los falleros, los que vivimos esta brutal pasión, lo somos más a partir del 20 de marzo. Ahora solo celebramos que por fin llegó la primavera. Que no es poco.