Génesis — Carlos Galiana
Portada de Génesis
Trilogía de tórtolas y cuervos · Libro I

Génesis

El origen del mito. En una pequeña tienda de objetos extraños de València, Camael encuentra por fin a Beatriz — el comienzo de una guerra ancestral entre tórtolas y cuervos que se repite, era tras era, y que ninguna profecía ha conseguido evitar.

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"Es la ley. Tú piensa mucho que alguien no te ama y acabará por no amarte. Tú dile a alguien muchas veces que te va a traicionar y acabará por traicionarte."
Génesis

"¡Terminado Génesis! Hacía tiempo que un libro no me atrapaba así desde la primera página. Enhorabuena."

Zaida Veintimilla, València

"Génesis es fantástica. La historia engancha, está bien escrita y hace que conozcamos más cosas de València."

Cristina Tomás, València

"La historia de Génesis es increíble. Te sumerge de principio a fin. Con ganas de más."

Marta Valero, València

Sinopsis

València, 3 de septiembre de 2024.

Al abrir la puerta de aquella tienda, Beatriz no imaginaba que, en poco más de cuatro meses, su vida cambiaría por completo. Tampoco sospechaba que el futuro de la humanidad dependería de ella. El mundo estaba dividido entre tórtolas y cuervos, e iba a tener que asumir cuál era su destino.

Génesis cuenta la fascinante historia de una realidad paralela que escapa a nuestra percepción. Un lugar en el que no existen verdades absolutas, en el que los colores, los números y las formas adquieren otro significado y al que podemos acceder si alguien nos recluta. El destino se decide en un campo de batalla que muy pocos elegidos pueden ver.

Y esto es solo el principio.

Presentación de Genesis

Uno

Sobre el aparador rojo había un reloj de arena que flotaba en el aire o, al menos, lo parecía. No se veía apoyado en ninguna superficie y aparentaba desafiar la gravedad. Cuando el último grano de aquella arena de color amarillo fuerte caía, algo que ocurría cada hora, el reloj se daba la vuelta de forma automática, de modo que fluía de manera constante y armoniosa.

En la trastienda, Camael y Beatriz estaban sentados alrededor de una pequeña mesa de color blanco impoluto. Sobre ella, y de un tamaño un poco más grande que el de una tarjeta de visita, había dispuestas varias cartulinas de diversos colores: verde, rosa, violeta, azul... En ese momento, Camael sostenía una de ellas entre sus manos.

—El naranja es un buen color para la salud en general

—Puso ante sus ojos la pequeña cartulina de ese mismo color—. Cada vez que quieras salud, piensa en el color naranja. Imagínate a ti misma, o a la persona a la que quieras sanar, rodeada de ese color. Abre tu mente e intenta verlo todo del mismo tono: su ropa, su pelo, sus ojos, su piel. Todo de color naranja.

Como si una enorme luz naranja que cayera del cielo la estuviera iluminando o como si un gran cubo de pintura de ese color le hubiera caído encima. Pon toda tu fuerza, tu corazón y tu mente en pensar en ese color. De esta manera, enviarás energía positiva para que esa persona sane.

—Camael —dijo ella con un poco de hastío—, llevamos días con esto de los colores. ¿Cuándo daremos el siguiente paso? Me dijiste que me enseñarías la magia de la mente, pero de momento solo estoy aprendiendo a asociar colores con situaciones: el rosa proporciona calma, el dorado da sabiduría, el añil ayuda a estudiar, el blanco para todo y el negro para nada.

—Así es, el negro para nada, no lo olvides —remarcó él.

—Lo sé, lo sé —renegó—. Me lo has repetido cientos de veces. Pero lo que aún no me has dicho es para qué estoy aprendiendo todo esto. Tampoco entiendo cómo va a sanar una persona si pienso en el color naranja. ¿De verdad le voy a curar una enfermedad a alguien con la mente?

—¿Le harás algún mal?

—No, supongo que no. No se le hace mal a nadie por pensar.

—Bueno, depende de lo que pienses. Pero ahora no hablamos del mal.

—Ahora hablamos del color naranja —dijo con cierto retintín—. Si quiero sanar a alguien tengo que pensar en el color naranja.

—Con todas tus fuerzas —insistió. Ella lo miraba medio malhumorada. La primera vez que estuvo allí le pareció entender que aquel era un lugar mágico. Al menos era poco corriente. Y ahora estaba estudiando colores. Sabía que aquello llevaba a algún lugar, pero le molestaba no saber a dónde. Desde el mismo día en el que entró en la tienda quedó prendada de todo lo que vio. Le costó tres días más volver a hacerlo.

Se acercaba al minúsculo escaparate, que daba a entender que el local era mucho más pequeño de lo que en realidad era, miraba hacia su interior y, cuando veía algún movimiento, salía corriendo como alma que lleva el diablo. Al fin, reunió fuerzas para entrar de nuevo y hablar con Camael.

—Al fin te has decidido —le dijo él.

—Sí —contestó con un pequeño hilo de voz.

—Bienvenida a mi mundo. ¿Cómo nos has encontrado?

—Por la señal que hay en la estatua de Guastavino en la plaza de la Reina.

—Cierto —dijo sin darle la mayor importancia. Hubo una pausa larga. Camael guardaba silencio mientras la observaba, y ella era casi incapaz de mirarlo. Movía la cabeza de un lado a otro, mirando sin mirar nada en realidad. De vez en cuando intentaba hablar, pero nada. Abría la boca y, sin poder decir nada, dejaba salir el aire en una especie de suspiro. Él aguantaba estoico, intentando no asustarla.

Estaba quieto, enviándole pensamientos positivos para ver si se arrancaba. Al parecer, surtió efecto, ya que, en un momento determinado, ella entrecerró los ojos como si estuviera teniendo un monólogo interior y, por fin, empezó a hablar como si de repente hubiera perdido toda la vergüenza.

—No ha sido fácil. He visto la señal en el fondo del sombrero que lleva en la mano. Bueno, y en la punta de la espada, claro. Ahí estaba la pista más clara.

—No es una espada, simula que está trazando una bóveda —apuntó él.

—Lo que sea —siguió ella, hablando cada vez más deprisa mientras él la contemplaba con media sonrisa—. A mí me parece una espada, aunque, ahora que lo dices, lo mismo no lo es. Tendría que volver a mirarla bien. Y eso que paso casi todos los días por allí para ir de casa al insti. ¿Una bóveda? Juraría que es Guastavino con una espada. La lleva en la mano derecha.

Claro que, ahora que lo dices, tiene sentido que sea una especie de bóveda simbólica. Al fin y al cabo, se hizo famoso por la bóveda tabicada de ladrillo plano. En la mano izquierda sostiene un sombrero, un bombín en realidad. Supongo que son de los que se llevaban en la época, aunque a mí me parece como muy de risa. Me recuerda al que llevaba Charles Chaplin.

Aunque el bigote de Guastavino no tiene nada que ver con el de Chaplin. Son muy diferentes. ¿Sabes si son del mismo periodo histórico o de otro? Porque el sombrero es igual, pero el bigote no. No sé. A mí, él me gusta mucho. Guastavino, quiero decir. Es porque una vez estuve en Nueva York y mi padre me dijo que había construido la estación de trenes y me pareció un edificio maravilloso.

Luego descubrí que era valenciano y ya me enamoré de él y de su arquitectura, y cuando hace unos años pusieron su escultura en la plaza, pensé que era lo mejor que se había podido hacer en València. Beatriz se movía por toda la tienda admirando y tocando casi todos los cachivaches. De repente, estaba como en su casa y, de los nervios, no paraba de hablar.

—El caso es que entre lo que pone dentro del sombrero y lo que pone en la punta de la bóveda que dices tú, pues ha sido más o menos fácil encontrar la tienda. Aunque tengo una curiosidad, ¿el autor de la escultura lo sabía o lo habéis puesto después? ¿Todos los objetos que hay funcionan?

—Siguió pasando de un tema a otro con total desparpajo—. ¿Para qué sirve esto? —preguntó señalando una piedra de color verde limón que había en el suelo—. ¡Madre mía! ¡Esta tienda es fascinante! ¿No crees?

—Es mía —pudo decir Camael—. Y sí, es fascinante.

—Perdona. Estarás pensando que soy una maleducada hablando sin parar, pero es que cuando estoy nerviosa no puedo hacer otra cosa más que hablar.

—Tranquila, es normal. Le suele ocurrir a mucha gente. Los hay que entran y no dicen ni una palabra y otros, como tú, que no paráis de hablar. Es la magia de este lugar. No hay término medio. Aún no conozco a nadie que haya venido y se haya comportado de manera normal. —Remarcó la última palabra con los dedos.

—Yo soy de todo menos normal.

—Ni tú ni nadie de los que han entrado. Por eso, como te dije antes, bienvenida a mi mundo. Aquí encontrarás respuesta a muchas de las preguntas que te has estado haciendo últimamente. Aquí encontrarás magia. Beatriz seguía observando la tarjeta de color naranja mientras evocaba su primera conversación con Camael. «Aquí encontrarás magia», le había dicho.

Y, de momento, lo único que había encontrado eran cartulinas de colores. El poder de la imaginación, le había explicado él, puede iluminar todas las situaciones de tu vida. Por ejemplo, si surgen desacuerdos entre dos o más personas, la mejor estrategia y la más efectiva es visualizarlas dentro de una burbuja de color rosa. El rosa disuelve las diferencias y reaviva el amor por el prójimo.

Es un color revitalizante, tienes que recordarlo siempre que sea necesario. El violeta sirve para purificar, para transformar la negatividad en positividad. Resulta beneficioso para envolver a aquellos que tienden a ser negativos. Eso sí, hay que tener cuidado. Si se acerca mucho al negro puede hacer el efecto contrario al deseado. Nunca hay que pensar en negro. Si tienes que estudiar, el dorado es ideal.

Representa la sabiduría. Piensa en él cuando te enfrentes a desafíos importantes como entrevistas o exámenes. El azul es un gran aliado para los que buscan la verdad y la fuerza necesaria para hacer ciertas cosas. Eso sí, para que el tiempo pase rápido y todo fluya más deprisa, no hay nada como el amarillo chillón. El verde, cómo no, es para atraer el dinero y la prosperidad. Es el color de lo material.

Había días en los que Beatriz solo pensaba en el verde una y otra vez y, de momento, lo único que le había aportado era un billete de cinco euros que encontró en un pantalón vaquero que hacía meses que no se ponía. Poco le parecía para tanto esfuerzo.

—Camael, ¿lo podemos dejar hoy aquí? —le preguntó poniéndole ojitos de niña buena.

—Lo podemos dejar cuando tú quieras —contestó, intentando no parecer defraudado—. Eres la que manda en tu formación. Yo solo pongo las herramientas. Tú eres la que pone la voluntad.

—No te enfades. —Intentó camelárselo.

—En absoluto. —No era del todo sincero.

—¿Sabes? Mi color favorito siempre ha sido el rojo. Aún no me has dicho para qué sirve.

—Es muy obvio —dijo sacando una cartulina roja—. Es el color de la pasión y de la sensibilidad. Es un color de fuerza, de energía, de coraje, de poder y de más cosas que aún eres joven para saber. Cuando quieras que alguien reflexione sobre lo que ha hecho, piensa en el rojo. Cuando quieras que alguien se pare antes de tomar una decisión y la madure, envuélvelo en una luz roja intensa.

—¿La magia se crea pensando colores?

—Es la parte preliminar. Cuando domines los colores y su utilidad, sabrás mucho más de lo que ahora crees. Cuando aprendas a usar los colores, no querrás parar. Es el principio, sí, pero ni mucho menos es lo mejor. Eso sí, si no sabes colorear con la mente, no podrás pasar a la siguiente fase. Cuanto antes lo consigas, mejor. Y si es con intensidad, mejor todavía.

De todas formas, los colores físicos no tienen nada que ver con los mentales.

—¿Cómo dices?

—Tú has dicho que te gusta mucho el color rojo, que es tu color favorito. Eso no significa que seas apasionada, o que tengas más sensibilidad, o que poseas cualquiera de las características que te he dicho antes. Solo significa que te gusta el color rojo. Los colores de la mente son diferentes y sirven para cosas distintas, aunque se representen igual.

—Entonces, si a una persona le gusta mucho el color negro o viste siempre de negro, no quiere decir que…

—No significa nada, al menos nada relacionado —la cortó—. En realidad, hay pocas personas que contesten que su color favorito es el negro. Solemos elegir colores más vivos: el rojo como tú, el verde que me gusta a mí o, si le preguntas, Casandra te dirá que su color favorito es el azul. Lo que sí ocurre es que nos gusta vestir de negro porque es elegante y también representa el lujo.

Asociamos el negro al poder o al luto en algunas culturas. Elegimos el negro en nuestra vida diaria para muchas cosas, pero, desde luego, nunca elijas el negro para tus pensamientos. Ya te lo expliqué. Beatriz lo escuchaba intentando entender no solo la profundidad de sus palabras, sino deseando anticipar cuál sería el siguiente paso para la magia.

Sabía, o al menos intuía, que después de los colores llegaría algo más poderoso, pero, por ahora, se le hacía todo un poco aburrido.

—Ya sé que todo esto se te hace aburrido. Ella pegó un respingo. «¡Un momento!», pensó, «¿me ha leído la mente?»

—Sí, te he leído la mente —le replicó él en voz alta. Los ojos de Beatriz casi se le salieron de las órbitas.

—A esta magia me refiero —continuó—. Esta es la magia de la mente. Al menos, una parte de ella. Pero, para llegar a esto, lo primero es saberse los colores.

—¿Me has estado leyendo la mente todo este tiempo? —le preguntó entre excitada, nerviosa y, por qué no, preocupada. Camael soltó una sonora carcajada.

—No, Beatriz, no funciona así. No es que oiga tus pensamientos igual que escucho tu voz. Hay que hacer un esfuerzo extra para saber lo que estás pensando. No puedo estar continuamente sabiendo lo que piensas. Si fuera así, no haría otra cosa. Le mintió, pero pensó que aún no era el momento de contarle toda la verdad. Prefirió una mentira piadosa. En realidad, escuchaba sus pensamientos de manera clara y meridiana.

Percibía sin muchos problemas lo que le pasaba por la cabeza a cualquiera que se cruzara en su camino. En ese preciso instante, de hecho, se esforzaba por no escuchar las cavilaciones y centrarse únicamente en lo que Beatriz decía. Resultaba relativamente fácil apagar las reflexiones de cualquiera y no escucharlas.

Le producía la sensación de estar violando la intimidad de las personas, por lo que prefería dejar de escucharlas. Era una habilidad mental que le costaba dominar. Sin embargo, también había resultado muy útil en más de una ocasión. Además, con práctica constante, quienes estaban entrenados podían bloquear la emisión de esos pensamientos para que nadie más los detectara.

—Me has descolocado completamente —le dijo Beatriz.

—Ya te dije que este lugar era mágico.

—Pero es que ahora ya no quiero pensar en colores. Ahora ya solo quiero saber cómo leer las mentes. ¿Te imaginas? Aunque intentaba calmarla con una intensa sonrisa, Beatriz ya no atendía a razones. Estaba muy nerviosa. Camael intentaba inundarla de color rosa para calmarla, aplicando sus propias enseñanzas, pero el verla tan activa le daba tanta ternura que lo desconcentraba y no conseguía su propósito.

—¡Buah! —decía ella a toda velocidad, con una expresión de felicidad desbordante—. Es que, si yo pudiera leer la mente de mi profesora de Matemáticas, podría saber cuáles son las preguntas del examen. No es que no me gusten las mates, pero me quitan mucho tiempo de estudio que podría dedicar a otras asignaturas. Además, podría pasarles a algunas amigas las preguntas y aprobar todas sin estudiar.

¡Y también podría montar una especie de consultoría sentimental en el insti! Podría descubrir a quién le gusta quién de la clase. Y en casa, ¿qué me dices? Podría anticiparme a los deseos de mis padres. ¡Antes de que me dijeran nada, yo ya sabría lo que quieren! ¡Sería alucinante, Camael! ¡¡Quiero aprender a leer las mentes!! Y una pregunta, ¿se puede leer la mente de todo el mundo?

¿Tiene que ser en directo o puedo leer la mente de alguien de la tele? Es que solo veo cosas flipantes, Camael. Era un torbellino de palabras, como a menudo le ocurría cuando estaba nerviosa. Ya ni siquiera intentaba detenerla; sabía que en algún momento dejaría de hacer preguntas y él intentaría responderlas, como siempre.

—¿Te acuerdas de Salva, el chico que te comenté el otro día? Es que, claro, saber lo que piensa… Necesito saber lo que piensa. ¿Me entiendes? Y si yo no puedo saberlo, ¿tú podrías venir un día al insti? Di que sí, di que sí, di que sí, porfa, porfa, porfa. Por fin se calló y Camael pudo hablar con algo de serenidad.

—Beatriz, como te he dicho, antes de que te pusieras a dar botes como si estuvieras loca, no es tan sencillo. Es cierto que te prometí enseñarte muchas cosas. Es posible que esta sea una más de ellas. Pero si quieres seguir aprendiendo, creo que debo ser yo el que marque el ritmo del aprendizaje. Ella hizo amago de elevar una protesta, pero la calló mirándola mientras ladeaba un poco la cabeza y fruncía la boca.

Los dos respiraron unos segundos, por motivos distintos, evidentemente.

—Debes aprender primero el poder de los colores. Confía en mí. Que este descubrimiento te sirva solo de impulso para saber que hay más cosas después, que todo es posible. Pero antes del dos, el uno. Aprender el poder de la luz y su aplicación te abrirá la mente a otros caminos posibles. Cuando controles los principios básicos podremos seguir progresando. Saltarse pasos puede ser peligroso y contraproducente.

Beatriz quedó convencida. Como a todo adolescente, le hubiera gustado ir más deprisa, pero Camael le habló con tanta contundencia, seguridad y sensibilidad que entendió que era lo mejor. Se prometió, en ese mismo instante, empezar a utilizar la luz de los colores. Pensó que debería apuntarse en una tabla el color y su poder y practicar con pequeñas acciones en su día a día.

Al llegar a casa envolvería a su madre en luz de color azul cielo para transmitirle positividad y alegría. Últimamente, siempre que llegaba de trabajar parecía agotada y de mal humor. Sería un buen comienzo. De hecho, solo deseaba salir de la tienda para ir por la calle inundando de luz la ciudad. «Buscaré una excusa para irme y me pondré manos a la obra», pensó.

—No hace falta que busques ninguna excusa —le dijo él medio riéndose—. Puedes irte.

—¡Ah! ¡Te odio! —gritó riéndose—. ¡¡Me voy!!

—Nos vemos mañana —le dijo, contagiado por su risa. Beatriz cogió su mochila y salió enérgica de la trastienda. Antes de atravesar la pequeña puerta de la tienda hacia la calle, saltó para tocar la campana que había colgada del techo, aunque no llegó. Abrió dispuesta a dar lo mejor de sí misma para cambiar el mundo.

Antes de poner un pie en la acera respiró hondo, se llenó de energía y alegría, se vio envuelta en una luz de color blanco profundo, soltó todo el aire que tenía y salió convencida de lo que iba a hacer en las siguientes horas. Camael, divertido, seguía la escena desde la trastienda. Le producía una ternura increíble cuando la veía así.

—¿No crees que vas muy rápido? —le dijo una voz desde la penumbra.

—¡Hola, Casandra! No te había visto.

—Últimamente estás tan entretenido que nunca me ves. Y nunca me percibes, que es peor.

—Estaba…

—Sí, con Beatriz —dijo ella interrumpiéndole—. Llevo un buen rato observándoos.

—¿Y bien? —le preguntó sin ningún tipo de reproche.

—Vas muy deprisa, Camael —le dijo con absoluta sinceridad y ternura—. Deberías tener cuidado. Solo te digo eso.

—Es solo una niña, Casandra.

—Sabes que no es solo una niña, es mucho más. Aprenderá rápido, estoy segura. Pero no le adelantes las cosas. Ya sabes el orden de las lecciones. Haberle dicho que sabes leer la mente no ha sido una buena idea. Ahora no pensará en otra cosa —dijo con un toque de preocupación en su voz.

—Me ocuparé de que no descuide la formación ni el orden, te lo prometo —aseguró con determinación. Se quedaron mirándose a los ojos durante unos segundos intentando averiguar qué pensaba el otro, pero los dos eran lo bastante poderosos como para saber bloquear sus propios pensamientos. No consiguieron nada. Se sonrieron con confianza y Camael salió de la trastienda para respirar un poco el aire de la ciudad.

Pensó que le vendría bien y así fue. Casandra se quedó borroneando cosas en una pequeña libreta que siempre llevaba encima. Escribía en una especie de código creado por ella misma y que nadie podía descifrar. En su rostro, no parecía que aquella conversación con Camael o lo que había pasado con Beatriz hacía unos minutos, y que había presenciado a oscuras y a escondidas, le hubiera afectado en exceso.

Mirándola, su semblante no sugería que algo de todo hubiera tenido repercusión en sus pensamientos. Sin embargo, en su cuadernillo, escribió en mayúsculas, en su propio idioma y con una letra desbordada por la rabia contenida: «ELLA ES EL MAL».

Dos

Apenas se oía el revolotear de las aves cruzando el cielo de un lado para otro en un aparente sinsentido. El aire soplaba muy suave; de hecho, a veces ni se sentía. La temperatura era maravillosa, aunque en una hora seguramente comenzaría a refrescar y no vendría mal llevar algo de manga larga con lo que taparse. Si en València en esos momentos se podía encontrar algo de paz era, sin ninguna duda, en ese lugar.

—Camael, ¿sabes que Casandra anda algo preocupada? —le dijo Miguel con cierta inquietud.

—Lo sé, Miguel —le contestó con fastidio—. Me lo dice constantemente.

—¿Y bien?

—¿Para eso me has hecho llamar? —Se veía que estaba molesto—. No hay nada de lo que preocuparse, de verdad.

—Confío en ti ciegamente.

—Y yo te lo agradezco. Hubo una pausa larga. Los dos estaban sentados en uno de los embarcaderos de El Palmar, observando la Albufera. Respiraban el aire puro mientras se regocijaban en un momento de tranquilidad lejos del ruido de la ciudad. En ese instante, extrañamente, no había nadie por allí.

Todo estaba sereno a pesar de que el atardecer se aproximaba y la gente solía ir a esa zona cuando caía el sol para coger alguna barca e iniciar un paseo, contemplando el crepúsculo desde el centro del lago. Miguel y Camael casi respiraban al unísono. No eran muchos los momentos de tranquilidad de los que podían disfrutar al día, pero, sin duda, este era uno de ellos.

Estaban como dos chiquillos: apoyadas las manos en el suelo detrás de la espalda, con la cabeza tirada hacía atrás y unas bonitas sonrisas marcándoles el rostro. La verdad es que un rato en un muelle de El Palmar conseguía transportarte y darte la sensación de que el tiempo se había detenido. Este rincón del mundo era diferente. Había conservado su encanto casi inalterado durante décadas.

Toda una rareza en los tiempos actuales. Seguramente por eso les gustaba ir allí cuando tenían algo delicado de lo que hablar. Camael rompió esos minutos de silencio y serenidad en los que cada uno intentó liberarse de sus pensamientos de una manera diferente. Se enderezó un poco y, mientras Miguel seguía respirando hondo, le dijo:

—Ya la conocerás. Beatriz es perfecta.

—Camael —se reincorporó—, perfección solo existe una.

—Ya sabes lo que quiero decir. No quería ofender —dijo con sinceridad.

—Lo sé. Te veo embelesado con esa chiquilla.

—Aprende muy rápido. Es un poco tozuda y, como todos, acabó aburriéndose con los colores. Y sí, tenéis razón, le enseñé demasiado pronto que se pueden leer las mentes, pero ya sabéis lo que pienso de las primeras lecciones. De todas formas, estoy seguro de que hoy habrá puesto en práctica todo lo aprendido. Casandra no tiene de qué preocuparse.

Conozco bien cuál es mi papel y es cierto que con Beatriz he estado más volcado que con otros, pero también creo que merecerá la pena ver su rápida evolución. Además, sabes cómo es Casandra. Pocas veces dice nada bueno de nadie.

—Tiene buen olfato, lo sabes —le recriminó de manera suave.

—Lo sé, lo sé. Y nunca he dudado de su maravilloso saber hacer ni de su capacidad para analizar las almas de las personas a primera vista, pero en general le cuesta ver la bondad de los seres humanos. Y no todo es blanco o negro, así es imposible hacer nuestro trabajo. Existe una escala de grises que también es aceptable. La pureza es complicada de encontrar, ni siquiera a esas edades.

Te digo que esta vez se equivoca. Con ella se equivoca. A Camael le brillaban los ojos hablando de Beatriz. Estaba convencido de la bondad de su corazón. Todo su cuerpo y su energía lo estaba. Miguel analizaba sus gestos mientras lo escuchaba.

—Creo que nunca me he equivocado —siguió Camael—. Y es verdad que siempre he estado de acuerdo con los análisis que ha hecho Casandra. Juntos hemos hecho un gran trabajo y hemos formado un gran equipo. He seguido sus consejos sin cuestionarla nunca. Es cierto que siempre fue fácil al coincidir en casi todo. Hasta ahora. Perdón, como no quiero mentir, hasta que se equivocó con mi anterior protegido.

Nunca debí admitir a Lucas. No estaba preparado y ella fue la que se empeñó. Perdimos un tiempo valiosísimo. Nosotros y él. En ese momento, algo se rompió con ella, que sigue pensando en que no puse todo de mi parte, y yo opino que ella se cegó con él. Entiendo por eso que, tal vez, nuestro momento ha pasado. Debemos seguir caminos diferentes si el tiempo nos da para ello. Por eso te pido que nos separes.

Miguel se acordaba de todo lo que había acontecido con Lucas. Casandra se empeñó en acogerlo, Camael empezó a enseñarle la magia de los colores y el pobre chiquillo era incapaz de retener nada. Lo intentaron durante semanas. Al fin y al cabo, había encontrado la señal, la había sabido interpretar y había llegado a la tienda. Una vez dentro, algo cambió.

Recordaba el día que se quedó embobado mirando el espejo verde de la tienda. Un espejo que no refleja a las personas, solo a los objetos. Un espejo absurdo que no tenía ningún tipo de utilidad ni sentido, ni siquiera una función mágica. Lucas estuvo casi una hora delante del espejo, ensimismado. Cuando dejó de mirarlo solo podía llorar y llorar de manera desconsolada. Nadie entendía lo que le pasaba.

Le explicaron, una y mil veces, que aquel espejo no significaba nada. Que no estaba su reflejo ni el de nadie. Tuvieron que intervenir para que pudiera seguir con su vida y olvidara la tienda y todo lo que allí había acontecido. Es cierto que Miguel ya notó entonces que algo se había roto entre Casandra y Camael.

No acababa de vislumbrar si lo de Lucas había sido causa o efecto de ese desamor entre los dos, pero, por lo escuchado, parecía que no se había curado.

—Lo haré, Camael —le dijo—, cuando todo pase y Beatriz ascienda. Mientras tanto, tendréis que trabajar juntos por el bien de todos. Esa es mi decisión sobre este tema.

—Entendido —respondió sin un ápice de reproche en sus palabras—. Como siempre, atenderé a tus órdenes.

—En todo caso —le dijo, levantándose del pequeño muelle—, tienes razón en una cosa.

—¿En qué? —Camael lo siguió.

—No todo es blanco o negro, y Casandra peca de eso, pero ya sabes cómo es…

—No me malinterpretes, Miguel —habló con cierta preocupación—. Adoro a Casandra, pero creo que debemos darnos un tiempo. Seguro que con otro podrá seguir haciendo un gran trabajo. Lo de Lucas se tiene que quedar en una anécdota.

—Todo entendido —zanjó Miguel. Salieron los dos andando de allí con mucha tranquilidad a pesar de que el sol ya casi había desaparecido y empezaba a verse con dificultad. Iban animados hacia el coche para volver al centro de la ciudad.

—Ha sido una pena no traer una buena cámara para captar este momento —le comentaba Miguel a Camael mientras andaban—. Me gusta absorber para el recuerdo estos espectáculos naturales. Hay tantos detalles en ellos, tanto que observar, que siempre descubro algo nuevo.

—Precisamente por eso es mejor no traer cámara: para seguir viniendo y seguir descubriendo lo que se nos ofrece —sentenció, alegre, Camael.

—Te tomo la palabra. Volveremos. Andaban los dos juntos por las calles silenciosas de camino al aparcamiento de la entrada del pueblo. Solo se cruzaron con un par de personas a las que saludaron con educación.

—¿Cómo van los demás? —le preguntó Camael.

—Como seguro que entiendes, quien muestra más entusiasmo es Gabi —le contó, mientras los dos mostraban una sonrisa socarrona de aprobación—. Es entusiasta por naturaleza. Está trabajando con un adolescente que se llama Hugo. Todo un descubrimiento. Domina ya varias técnicas y está demostrando un gran potencial. De hecho, os estamos esperando al resto para seguir adelante.

Gabi no quiere enseñarle mucho más hasta que todos estemos preparados.

—¿Dónde tiene Gabi la tienda esta vez?

—En un pequeño bajo que hay cerca del Mercado del Grau. Para llegar a ella debes descubrir la inscripción que hay en la esquina del edificio de La Harinera. Ya sabes que es de las más difíciles que tenemos, junto con la tuya de la estatua de Guastavino y la que hay en el suelo del Rastro.

—Para mí, sin duda, la del Rastro es la más complicada. Encontrar la inscripción en la parcela 137 y que, además, solo se activa los domingos por la mañana cuando hay vendedores, es difícil incluso cuando la estás buscando. ¿Cuánto tardó Hugo en descubrir la de La Harinera? —le preguntó con curiosidad.

—Apenas una hora y cincuenta minutos desde que la pusimos en marcha. Llegó a la tienda treinta minutos después y en menos de cuarenta y ocho horas ya había empezado su formación. Camael estaba muy sorprendido. Beatriz había encontrado la señal cinco horas después de activarla. Cierto que llegó en menos tiempo a la tienda, pero tardó varios días en entrar y más de una semana en empezar la formación.

—Me alegro por Gabi —dijo Camael, realmente contento—. Siempre hace un gran trabajo con creatividad y muy buena comunicación. Cuando llegaron al aparcamiento, ya había anochecido por completo. Apenas la luz de un par de farolas cercanas iluminaba todo el descampado donde los fines de semana cientos de coches aparcaban con visitantes, llegados de todas partes, dispuestos a probar los arroces de la zona. Estaban solos.

La moto de uno y el coche del otro también estaban solos. A modo de despedida, ambos cogieron la nuca del otro con la mano derecha mientras chocaban las manos izquierdas, acercaban sus frentes y fijaban las miradas. «Nahno nur fi a lalam li nurana yuchio wa wunir li aljarin»1 , dijeron los dos a la vez y a modo de mantra. Lo repitieron tres veces, se sonrieron y separaron sus cabezas.

Después de eso, se dieron un fuerte abrazo y un beso fraternal en la mejilla. Camael se dirigió a la moto y Miguel sacó su teléfono para revisar los mensajes antes de subirse en el coche.

—Nos vemos pronto —dijo Camael cuando pasó por delante de Miguel subido en la moto. 1 Somos luz en el mundo y dejamos que nuestra luz brille y alumbre a los demás. Miró a un lado y a otro antes de salir a la pequeña carretera que lleva a València y desapareció en la noche. Mientras tanto, Miguel buscaba el teléfono de Casandra en el móvil.

—Dime —le contestó ella de forma escueta.

—Hemos pasado la tarde juntos y he hablado con él. Seguro que los dos tenéis razón en algún punto de la historia, pero necesito que sigáis colaborando hasta que todo pase.

—Pero, Miguel… —intentó cortarle.

—Casandra —le espetó—, no voy a detener el proceso en estos momentos, eso lo tengo claro. En todo caso, te pido que estés atenta a las señales y me comuniques cualquier anomalía. Pero, insisto, quiero ver colaboración.

—Entiendo —dijo, resignada.

—Sabes que te quiero, ¿verdad?

—Lo sé.

—Y lo más importante: ¿sabes que te creo?

—Lo sé —le volvió a decir, aunque sin mucho entusiasmo.

—Entonces confía tú también en mí. Si pasa cualquier cosa más, llámame enseguida.

—Así lo haré —zanjó la conversación y colgó el teléfono. A Miguel le hubiera gustado decirle algo más, pero entendió que el momento ya había pasado. Tiempo habría de continuar la conversación y sacar mejores conclusiones. Se disponía a subir al coche cuando oyó las cuatro campanadas. Teniendo en cuenta la hora, supo que no era el reloj de la iglesia.

Todo a su alrededor se tiñó de un tono azulado y notó una presencia justo a sus espaldas. Estaría a unos tres metros de él, cuatro como mucho. Puede que lo normal hubiera sido girarse, pero él no lo hizo. Le sorprendió su presencia allí, aunque sabía que de ella podía esperarse cualquier cosa. Sus ojos verdes se tornaron grises, tal y como le ocurría siempre que se ponía en guardia dispuesto a pelear.

Ella, sin embargo, no parecía buscar batalla. Estaba sola. Miguel, de todas formas, optó por mantenerse alerta. A sus cincuenta años, había vivido muchos momentos así y, aunque no era un tipo especialmente alto, se crecía en estas circunstancias. El cuerpo se le tensionó para recibir toda la información posible de lo que pasara a continuación. Había que ser precavido. Eran tiempos complejos.

—¿Qué haces por aquí, Miguel? —le dijo con esa voz tan gutural que era difícil de percibir si no ponías todos los sentidos.

—Esto es zona blanca, Isabel —le dijo sin girarse y dándole la espalda.

—¿Estás seguro?

—Estoy segurísimo —contestó con contundencia—. La pregunta sería ¿qué haces tú aquí? Miguel mantenía su actitud sin darse la vuelta. Aun así, la veía reflejada en la ventanilla del coche, donde miraba de reojo de tanto en tanto. No parecía moverse de su sitio.

—Pensaba que era zona neutral y he venido a dar una vuelta. Espero que no te moleste —le dijo ella con un tono casi desafiante.

—Déjalo todo como lo encuentres y no tendremos que lamentar nada —dijo, categórico—. Y, en todo caso, recuerda: esto es zona blanca. No me gustaría que se produjera una apropiación indebida.

—Serán solo unos minutos —respondió zalamera—. Quería disfrutar una noche de esta maravilla. Nunca se sabe cuándo será la última vez, ¿no crees? Isabel dio dos pasos hacia delante y Miguel pensó que la cosa podía ponerse seria. Sus sentidos se agudizaron un poco más. Apretó los puños y la mandíbula y, justo cuando iba a girarse, escuchó de repente el batir de unas alas y la luz azulada desapareció.

Isabel desapareció. Todo volvió a una cierta normalidad. Se subió en el coche algo molesto por lo que había ocurrido, a pesar de saberse mucho más fuerte que Isabel. No le había gustado nada su encuentro, no en su zona. Salió por la carretera mirando constantemente el retrovisor por si volvía a ver alguna cosa.

Iba tan distraído con lo que pasaba detrás que por poco no se estrella con uno de los pequeños muretes que bordean los puentes que hay en ese camino. Pisó el freno, se echó a un lado y paró el coche. Respiró hondo un par de minutos y se calmó. Después, siguió conduciendo, ya sin volver a mirar atrás. El camino de regreso a casa se le hizo eterno.

Su cabeza no paraba de anticipar situaciones futuras y ninguna era buena. Se detuvo en el aparcamiento y subió en el ascensor hasta el ático donde vivía en la Torre Francia. Entró en el pequeño departamento, se puso cómodo, se sirvió una copa de vino blanco bien fresco y salió a la terraza.

Apoyó los codos en la barandilla mientras observaba toda la ciudad e intentaba vislumbrar desde allí alguna señal que llegara de El Palmar. Nada. Sacó el móvil de su bolsillo y les envió un mensaje a todos: «Hoy he visto un cuervo en la ciudad».

Tres

El padre de Beatriz no destacaba físicamente por nada. Era lo que podríamos llamar un tipo normal con el pelo moreno, los ojos marrones y con una barba que empezaba a cubrirse de canas y se teñía de vez en cuando. Era un poco coqueto. En todo caso, si había algo que podía destacar era el tamaño de su nariz; tal vez un poco más grande de lo habitual, aunque sin exagerar. No era guapo, ni feo; agradable de ver, eso sí.

Incluso se podría decir que resultaba atractivo. Lo verdad es que había mejorado muchísimo con los años. La edad le confería un toque sereno y agradable. Sin embargo, esa normalidad se rompía cuando hablaba porque era un hombre explosivo y simpático. No había reunión en la que no destacara. No solo por su altura, sino porque siempre tenía mil anécdotas para contar.

Beatriz había heredado de él ese carácter extrovertido cuando cogía confianza. También la verborrea y la imaginación que ambos demostraban siempre que podían. Le encantaba cocinar para la familia y, sobre todo los sábados, solía ir al mercado para comprar los productos necesarios para sorprender a su mujer y a su hija con sus platos.

Los arroces eran su especialidad y hoy había ido al Mercado de Algirós para hacerse con los ingredientes del plato favorito de Gloria, su esposa.

Se había levantado temprano, se había vestido sin hacer apenas ruido, había desayunado una tostada con jamón, aceite y sal acompañada de un zumo de naranja recién exprimido y se había marchado sin despertar a las mujeres de la casa, que seguían durmiendo a pesar de ser ya las nueve de la mañana.

Eligió con cuidado la carne y las verduras que también necesitaba, pues creía firmemente que todo el cariño que se le ponía al proceso, desde la selección del producto hasta su cocinado, influían en el resultado final. No se equivocaba. Cuando volvió a casa se encontró a Gloria tomando en la cocina un café con leche y una magdalena que él mismo había hecho el día anterior.

Por el plato y el vaso que había en la pila intuyó que Beatriz ya había desayunado.

—Buenos días, amor —le dijo entrando en la cocina y descargando las bolsas que llevaba—. ¿Cómo has dormido? Gloria farfulló un «hum» que no descubría claramente si eso era bien, mal o ni fu ni fa. Él guardó en silencio toda la compra tanto en la nevera como en las alacenas.

—Beatriz ya ha desayunado, por lo que veo —dijo dándole un beso en la mejilla y sentándose frente a ella para intentar descubrir su estado de ánimo—. ¿Está por casa o se ha ido a algún lado?

—Tu hija está en su habitación —dijo Gloria con voz cansada—, jugando con unas cartulinas de colores. Me ha puesto la cabeza como un bombo con extrañas explicaciones sobre para qué sirve cada color. A pesar del cansancio, parecía estar de buen humor.

—Me ha dicho que el color azul cielo servirá para darme energía. No cualquier azul, no: azul cielo. ¿Tú crees que sabe algo? —le preguntó preocupada.

—¿Qué va a saber, mujer? Lo que pasa es que no para. Te habrá visto más cansada de lo normal y ya está. Anoche, antes de dormir, me dijo no sé qué del color naranja para mí. Algo de salud, pero, sinceramente, no le hice mucho caso.

—Toni, ¿tú crees que me voy a morir? —le preguntó de repente, buscando respuestas. Él, acostumbrado a estas cosas de su mujer, no tardó ni un segundo en reaccionar.

—¡Por favor, Gloria! —le dijo levantándose de la mesa y riéndose un poco para quitarle hierro al asunto, a pesar de estar igual o más preocupado que ella—. Cariño, es que tienes cada cosa, de verdad. Aún no sabes exactamente lo que tienes. Y, en todo caso, tienes fecha para la operación de aquí a tres meses. —Hizo una pequeña pausa—.

¿Esto va a ser así los tres meses? —siguió diciendo mientras recogía la mesa haciendo muchos aspavientos para relajar la situación y hacer reír a su mujer—. Porque si esto es así, yo me cojo un viaje de esos a Constantinopla, que no sé ni si existe todavía y ni siquiera dónde está, pero suena maravilloso, y me espero a que todo pase.

A tu hija te la quedas tú, porque solo me falta la niña allá no se sabe dónde, con las cartulinas de colores dándome el viaje. ¡De eso nada!

—¡Toni, te estoy hablando en serio! Y sí sé exactamente lo que tengo, bobo. —No pudo evitar que una leve sonrisa saliera de su boca. Hacía un par de meses que le habían detectado un tumor en el cerebro. Se había desmayado un día sin razón aparente y, al ir al hospital y hacerle algunas pruebas, dieron con el motivo. Tenían que abrir y extirpar, pero, afortunadamente, ya tenía fecha para la operación.

Estaban más o menos tranquilos porque los mejores profesionales para este tipo de cirugías estaban en València. Ahora todo era cuestión de sobrellevar la espera lo mejor posible. Gloria seguía trabajando. No le habían querido decir nada a su hija. Lo cierto es que la medicación la dejaba un poco adormilada y cansada.

Ella, que era una mujer de una gran energía y que gustaba de hacer cientos de actividades, se veía obligada a quedarse en casa. Por eso Beatriz, que no era precisamente tonta, sabía que algo pasaba, pero no preguntaba mucho.

—Ya sé que me hablas en serio, amor —dijo él—. Pero es que me haces cada preguntita. Pues no, no te vas a morir y, además, me vendría fatal que te murieses ahora, la verdad. Aunque también te digo que viudo a los cincuenta, con mi sueldo y una paguita por ti y por tu hija menor de edad pasaría a ser un caramelito. —Seguía intentando bromear y ser lo más positivo posible—.

Tu amiga Alba el otro día me miraba con unos ojitos...

—¡Por favor te lo pido, Antonio! —lo cortó ella, riéndose fuerte—. Si me muero, te dejo que te vayas con cualquiera excepto con Alba. ¡Te lo prohíbo! Si te vas con Alba, te juro que vuelvo de fantasma por las noches y os hago la vida imposible. Es que me da un algo como te vayas con Alba. Aunque, pensándolo bien, ya se lo explicas tú a Beatriz, ya. ¡Si no puede con ella! ¡Le tiene una tirria a la pobre Alba!

Sin darse cuenta, habían acabado los dos riéndose y abrazados en mitad de la cocina. Toni le dio un beso en la frente con mucha ternura, la miró a los ojos y le dijo:

—Todo va a ir bien, amor.

—Lo sé —le dijo ella con sinceridad—. Es solo que el estar sin poder hacer muchas cosas de las que hacía antes me altera un poco. Gloria era una mujer muy activa y esta pequeña pausa en su vida la estaba reconcomiendo por dentro. Era una pelirroja explosiva que tenía una luz especial en sus ojos que se había apagado un poco por la enfermedad. Siempre que sonreía, a su boca le acompañaba su preciosa mirada.

A pesar de estar trabajando de cara al público, nunca dejaba de sonreír. Beatriz tenía su mismo pelo enredado y profuso, aunque ella lo llevaba bastante más corto que su hija. A Gloria le llegaba justito a los hombros. Sesenta kilos, metro sesenta y siete de estatura y una energía maravillosa que irradiaba siempre que podía.

—Además, estoy preocupada —siguió diciendo— porque sabes que mi padre falleció de un tumor cerebral y tenía la misma edad que yo. En un año se nos fue. De repente, él se separó y soltó una carcajada tremenda.

—¡¡Por el amor de Dios, Gloria!! —exclamó entre risas—. Y luego soy yo el exagerado y el excesivo.

—¿Qué?

—Cariño, en primer lugar esto no es hereditario, ni le tiene por qué pasar a Beatriz, que ya sé por dónde vas. Y, en segundo lugar, tu padre tuvo un accidente de moto y se pegó un leñazo en la cabeza cuando iba sin casco. Si lo que no sé es cómo no se quedó allí. No tenía un tumor, es que le extirparon medio cerebro —exageró—.

No puedes estar pensando ahora que esto es algo genético que pasa de padres a hijos hasta el infinito y más allá.

—Yo qué sé —dijo ella con un sentimiento medio de enfado y medio de ridículo por lo que había dicho, pero con una sonrisa en la boca—, pero ya es casualidad, ¿no? Los dos con cuarenta y nueve años y los dos con el mal en la cabeza.

—Ven aquí —le cogió la mano y la atrajo hacia él—, que sí que estás mal de la cabeza, sí. Anda, dame un beso. Se besaban en la boca con todo el amor del mundo cuando, en ese preciso instante, Beatriz apareció resoplando.

—¡Por favor! —espetó con cara de asco pasando entre ellos, como si no hubiera más espacio en la cocina, solo para separarlos—. Idos a vuestra habitación para estas cosas.

—¡Oiga, señorita —dijo su padre—, que solo era un beso!

—Pues eso —siguió Beatriz—, que no es agradable.

—Ya me lo contarás cuando seas más mayor, ya — le dijo Gloria, divertida—. Y te recordaré lo que me estás diciendo ahora. Beatriz miró la nevera de arriba abajo, pero no encontró nada que le apeteciera.

—Papá, ¿hoy no vas a hacer nada de aperitivo? —le dijo con cara de buena chica.

—¡Como luego no comas lo que voy a preparar, te las verás conmigo, señorita! —le contestó con cara de felicidad mientras se ponía manos a la obra—. ¡Fuera las dos de la cocina! ¡Vamos, fuera! Ellas se dirigieron al salón y, una vez allí, Beatriz se giró de repente hacia su madre y le dijo en voz baja:

—¡Mamá!, ¿qué le pasa a papá?

—¿A qué te refieres? —Gloria se quedó un poco sorprendida por la pregunta.

—No sé. Yo lo veo raro. Últimamente se preocupa en exceso por nosotras. Hoy cocina tu plato favorito, ayer hizo arroz al horno para mí. Y ayer no era sábado.

—Eso sí que no es extraño… ¡Arroz al horno! —se burló—. ¡Vaya detective estás tú hecha! Ni Sherlock Holmes descubriendo un crimen. Beatriz miraba a su madre como si le ocultara algo. Continuó hablándole en voz baja para que no les oyera su padre.

—Anoche le estuve contando lo de los colores y no me hizo ni caso. Estaba como ausente, como preocupado. Sabes que me gusta hablar con él antes de irme a dormir y contarle cómo ha ido el día. Yo ayer hablaba y hablaba y nada. Incluso le di la solución por si el problema era de salud. Algo nos oculta.

—Estoy segura de que nos oculta el ingrediente secreto que le pone al tartar de fuet que, pongo la mano en el fuego, nos estará haciendo ahora —le dijo para evitar cualquier conversación sobre el tema.

—A mí no me engañas. —Se veía la sospecha en los ojos entrecerrados—. A papá le pasa algo, pero no te preocupes, que ya lo averiguaré. Me voy a mi cuarto a seguir con mis cosas. Gloria la miró con una sonrisa mientras se marchaba por el pasillo camino a su habitación. Antes de entrar y cerrar la puerta, Beatriz le echó una última mirada maliciosa a su madre.

—Te estaré vigilando —le dijo, divertida, haciéndole un gesto con la mano derecha señalándose los dos ojos, señalando después con la misma mano los de su madre y repitiendo el movimiento dos veces. Gloria le devolvió el gesto, siguió sonriendo y fue hacia el comedor. Un cosquilleo de satisfacción recorrió su cuerpo. Se sentía afortunada de la hija que tenía. Suspiró.

Estaba claro que Beatriz sospechaba algo, aunque, evidentemente, no iba por el camino correcto. Veía a su padre preocupado y pensaba que era a él al que le pasaba algo. La espera los estaba minando por dentro a los dos. Toni se hacía el duro e intentaba sacar su parte más divertida, pero Gloria notaba que en cuanto se daba la vuelta, él acusaba el dolor. Se querían. Mucho.

No se podían imaginar una vida sin estar el uno al lado del otro y cualquier posibilidad de perderse los hundía. El equipo médico les había dicho que no era nada de lo que preocuparse en exceso, pero que, por supuesto, una vez entrabas a un quirófano, fuera por lo que fuera, había un riesgo. Gloria intentó no pensar mucho más en el tema. Al fin y al cabo, todo era cuestión de tiempo.

Como se solía decir: si tenía solución, ¿para qué preocuparse?; y si no tenía solución, ¿para qué preocuparse? ¡Qué fácil decirlo y qué imposible llevarlo a cabo! Cogió un libro que había encima de la mesita del comedor y se sentó en el sofá con la intención de leer un rato cuando, de repente, sonaron cuatro campanadas rápidas. Por las horas que eran, le extrañó muchísimo que repicaran.

Casi por intuición se asomó un momento al ventanal del comedor que daba a la calle de la Paz, desde donde se veía la torre de la iglesia de Santa Catalina, como si desde allí pudiera ver alguna cosa. Pensó que sería alguna festividad en la que se hacían repicar las campanas. El cielo se ennegreció y la temperatura pareció bajar en un instante. «Alguna nube que está pasando», pensó.

Un segundo después sonó el timbre de la puerta.

—¿Vas tú, cariño? —le dijo Toni desde la cocina. Aún no había contestado cuando el sol volvió a lucir con la misma fuerza de antes.

—¡Voy! —gritó ella, tanto para que la oyeran los de dentro de la casa como quien estaba llamando. Se arregló un poco el pelo mientras se acercaba a la puerta, la abrió y descubrió que allí no había nadie. Miró el piloto formado por lucecitas rojas que marcaba el piso donde estaba el ascensor. Una B mayúscula indicaba que estaba en el patio del edificio. Se asomó por la barandilla de las escaleras y no vio a nadie.

Miró hacía arriba y nada. Pensó en subir para ver si había alguien, pero se encogió de hombros y volvió a meterse en casa. Supuso que sería algún crío que, bajando, había llamado al timbre para gastar una broma. Como vivían en el primero, entendió que ya habría salido del edificio.

—¿Quién era? —dijo Toni asomando la cabeza por la puerta de la cocina. Gloria contestó simplemente negando con la cabeza y regresó al comedor. Toni continuó preparando la comida. Beatriz seguía en su habitación memorizando colores. Fuera, Camael se mantenía pegado a la puerta del ascensor en el piso de arriba, controlando la respiración. Esperó un momento antes de salir de allí para asegurarse de que nadie lo veía.

Una vez en la calle, sacó su teléfono y llamó a Miguel.

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Esto es solo el principio.

El prólogo y estos primeros capítulos son una muestra. El resto de la historia te espera en la edición completa.

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Carlos Galiana
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