
El cierre del ciclo. La guerra entre tórtolas y cuervos llega a su punto de no retorno, y no todos están destinados a ser héroes — ni el final tiene siempre el sentido que esperamos.
"No todos estamos destinados a ser héroes. Y algunos ni siquiera a morir de una forma que tenga sentido."Epifanía
"Por fin acabé la trilogía. Darte una vez más la enhorabuena. Me ha encantado. El sorprendente final me dejó tranquilo."
Santiago S., ValènciaSi Génesis fue el origen y Reinas la búsqueda del poder, Epifanía es, sin lugar a dudas, la consecuencia. La guerra entre tórtolas y cuervos ya no es una amenaza: es una realidad inevitable. Y no es una guerra cualquiera, en este enfrentamiento el peso de cada pérdida obliga a replantearse qué estamos dispuestos a sacrificar para vencer en un conflicto que por momentos se muestra absurdo.
Amor, familia, poder, amistad, ambición… cada personaje establece su propia jerarquía de valores, y ahí es donde se libra la verdadera batalla. En Epifanía ya no importa quién se alce con la victoria si no en qué se ha convertido cada tórtola y cada cuervo durante el camino. Lo que comenzó hace 40 años con el tintineo de una campanilla al abrirse una puerta se cierra dejándonos la duda sobre si habrá esperanza, algo que sólo una Epifanía puede desvelar.
Con esta novela Galiana se consolida como un autor que no narra sino que nos toma de la mano para guiarnos por un mundo tan fantástico como profundamente humano.

La sangre corría lenta, oscura, empapando la piedra fría. El suelo de la Catedral estaba cubierto de cenizas y cuerpos. El humo de los incendios entraba por los ventanales rotos y convertía el aire en un suspiro áspero, imposible de respirar. Las llamas dibujaban sombras que se alargaban por las columnas, como si el propio edificio estuviera ardiendo desde dentro.
Él la sostuvo con fuerza, con la esperanza de que sus brazos pudieran retenerla en este mundo un poco más. El rostro de Beatriz, deshecho por el dolor, aún conservaba esa mezcla de orgullo y ternura que lo había marcado desde el primer día. Tenía la mirada fija en el techo ennegrecido, desde donde el polvo caía lentamente sobre las ruinas del altar.
—No te mueras… —murmuró, con lágrimas que no se sabía si eran de tristeza o de rabia—. No ahora. Ella tosió, dejando escapar un hilo de sangre que le tiñó los labios. Sus ojos verdosos lo miraron con una claridad que lo atravesó como una espada. Él sintió que estaban juntos por última vez.
—Tanto luchar y para nada. Toda mi vida y para nada —dijo ella. Él negó con la cabeza, apretando los dientes.
—Beatriz, yo…
—¡No! —lo interrumpió ella con un último aliento de fuerza—. Rompimos la paz. ¿No lo entiendes? Hace veinte años empezamos a construir realmente algo… algo distinto. Pero todo cambió. En realidad, Ella lo cambió todo. Como siempre. Juega con todos nosotros. Sus palabras quedaron suspendidas como una maldición. Él no supo qué decir. El llanto le impedía articular palabra.
Hubiera querido prometerle que todo cambiaría, que aún podían huir, pero sabía que no era verdad. No había necesidad de mentir en estos momentos. Se escucharon el retumbar de explosiones lejanas que hicieron vibrar los pocos cristales que aún quedaban. Hacía frío. Una corriente de aire helado recorrió el lugar arrastrando hojas sueltas de un misal que hacía mucho tiempo que nadie había usado.
—Veinte años… —siguió Beatriz, apenas en un susurro—. Veinte años de guerra, de entierros, de derrotas. Veinte años viendo como todo se derrumba. Y ahora… ya no queda nada. Toda mi vida... Los cuervos han ganado. Respiraba con mucha dificultad. Cada palabra le costaba una punzada. Él se acercó más aún, temiendo perderla antes de entender lo que decía.
Las frías y temblorosas manos de Beatriz buscaron las de él. Las unió con esfuerzo, como si quisiera asegurarse así de que la estaba escuchando. Lo sujetó con una fuerza que no parecía humana intentando, con esa presión, aferrarse a todo lo que quedaba en el mundo. .
—Lo he perdido todo. Las tórtolas hemos sido barridas, derrotadas, aniquiladas.
—No, Beatriz… —sollozó él—. Mientras tú vivas, mientras tu memoria viva, no todo está perdido. Ella negó lentamente, sintiendo cómo su cuerpo se apagaba. El calor de su sangre se filtraba entre sus dedos, formando un pequeño charco rojo que se extendía por el suelo.
—No lo entiendes. No queda nada de lo que fuimos. Han vencido. Lily se ha impuesto en el mundo y los cuervos gobiernan. No hay futuro para nadie. Un golpe lejano resonó sobre el tejado. Se oyó el graznido de un cuervo solitario. Bajó la cabeza sobre su pecho, quebrado, tratando de ahogar un grito que solo resonaba dentro de él. Beatriz, con lo último que le quedaba de voz, acarició su mejilla empapada en lágrimas.
—En el fondo siento que todo estaba escrito, que todo estaba predestinado, que solo hemos sido un juego en manos de Ella, que no había otro final posible. Si yo hubiera podido…
—No digas eso… —alcanzó a responder.
—Yo me perdono. Él asintió levemente. Los ojos de Beatriz estaban a punto de perderse en la oscuridad y, sin embargo, él creyó ver un brillo, como si en las pupilas de ella se reflejara algo que él no podía entender: una luz extraña, no de este mundo, una certeza.
—No los dejes solos —dijo con un hilo de voz—. Cuida de Raúl y de Gloria… Él entendió que Beatriz estaba delirando. Se sintió impotente. El dolor era ahora mucho más profundo. Lloró amargamente. La abrazó con fuerza y casi dejó de escucharla. Creyó ver figuras moviéndose, acercándose hacia ellos. Tenía que dejarla allí y huir mientras tuviera la oportunidad.
No podía darlo todo por perdido. —…hasta de Casandra —finalizó Beatriz. Y su cuerpo quedó casi inerte en sus brazos. Ahora el silencio parecía ensordecedor, como si se anunciara el fin de un mundo. Él quiso decirle algo pero ahora tenía la certeza de que alguien se aproximaba. Escuchó a los cuervos gritando su victoria. Aún pudo darle un beso de despedida.
Y entonces, Beatriz, con un hilo apenas audible y una minúscula sonrisa, pronunció su última verdad antes de morir:
—Te quiero, Hugo.
Poco más de tres meses antes de que todo terminara, el reloj del Ayuntamiento sonó cinco veces sin que nadie se diera cuenta de que todavía funcionaba. En la plaza, la ciudad olía a lluvia y a polvo. Casa Noguera se mantenía en pie por pura obstinación: los cristales rajados, la pintura desconchada, los balcones corroídos por el paso del tiempo. Beatriz estaba frente al ventanal cubierto por una cortina descolorida.
Observaba la calle vacía, con ese gesto suyo de quien ya no espera nada. El color rojizo de su pelo se había apagado hacia tonos cobrizos y grises. Lo llevaba siempre recogido en un moño bajo, práctico y sin ornamentos. A veces, algunos mechones se le escapaban recordándole quién fue. Aún mantenía aquellas pecas que de joven parecían encenderse cuando se sonrojaba delatando emoción y timidez.
Ahora eran más tenues, como el recuerdo de una infancia lejana. Seguía teniendo una nariz respingona y, aunque conservaba su forma, parecía mucho más severa, como si juzgara el mundo. Su rostro estaba marcado por finas líneas fruto de tantos años de lucha. Hasta sus ojos habían dejado de brillar con asombro, a pesar de seguir siendo verdosos.
Con la experiencia, había aprendido a sostener la mirada sin temblar, a leer entre líneas y a detectar la traición. En todo caso, su sola presencia imponía respeto. Cuando entraba en algún lugar, el aire parecía cambiar de densidad. Todo el mundo piensa que es la única que puede detener el derrumbe al que las tórtolas parecen abocadas.
Paula estaba hojeando unos informes sobre la mesa; Eva bebía un café sin ni siquiera mirar la taza.
—Estamos perdiendo —dijo Paula, al fin—. No hay otra manera de decirlo. Beatriz no contestó. Eva levantó una ceja, sin saber si era un gesto de sorpresa o de resignación. Más bien parecía lo segundo a juzgar por la mueca que hizo con su boca.
—No solo la guerra —añadió Paula—. Hemos perdido el relato. Las proclamas de Lily suenan a esperanza. La gente prefiere sus promesas a nuestras verdades.
—Promesas de esclavos —replicó Beatriz, sin girarse, con una voz grave y pausada. Su tono no era de ira, sino de agotamiento; el cansancio de quien ha dicho la verdad demasiadas veces y ya no encuentra oídos. Eva jugueteó con la taza, marcando con el dedo un círculo invisible sobre el borde.
Parecía más preocupada por el sonido del viento que por las palabras de Beatriz y Paula, pero las otras dos sabían que escuchaba cada sílaba.
—Da igual —les dijo Eva—. Les da pan… Pan y circo. Nada nuevo bajo el sol. Y eso calma. A la gente ya no le interesa quién tiene razón, sino quién da menos miedo. Y en ese contexto, tienen todas las ventajas. Tienen más armas para actuar que los que vamos con la verdad por delante. Los malos siempre ganan. Las proclamas de Lily les suenan a música. Les promete libertad sin fin y un futuro en sus manos.
—Y silencio —añadió Beatriz, con la mirada perdida.
—Silencio cómodo —dijo Paula, cerrando la carpeta con un golpe suave.
—Antes llenábamos los jesuitas en nuestras reuniones, ¿recordáis?—continuó— Venía gente de todas partes. Ahora cuesta contar hasta diez. Hizo una pequeña pausa antes de seguir hablando.
—¿Cuándo fue la última vez que alguien nos pidió entrar? Hace semanas. Y era por comida. Beatriz se giró lentamente.
—Porque han olvidado lo que somos —susurró.
—O porque ya no les importa —respondió Eva—. Desde que Miguel volvió, y creo que ya lo hemos comentado como mil veces, todo cambió. El nombre flotó en el aire. Nadie lo repetía, pero siempre volvía.
—No todo fue culpa suya —dijo Paula—. Los cuervos estaban esperando un motivo. Él solo les dio la excusa.
—Aquella tregua habría durado —murmuró Beatriz—. Gabriela y yo lo teníamos muy claro.
—Todos sabemos que Gabriela, tarde o temprano iba a… —empezó a contestarle Eva.
—No quiero volver a hablar del tema —zanjó Beatriz, sin dejarla continuar. Eva soltó un bufido apenas audible y se recostó en el sillón. Su pie golpeaba el suelo con impaciencia, un tic nervioso que llevaba tiempo repitiendo cuando algo la frustraba. Beatriz se apartó de la ventana y se dejó caer en el sillón al lado. Le puso la mano en la pierna intentando calmarla, y le sonrío.
Aquella caricia era más un recordatorio que un gesto de cariño: estaban juntas en la derrota, les gustara o no. Los dos butacones eran negros como el tizón. Hacía ya varios años que no cambiaban de color cuando ellas se sentaba en ellos. El silencio se alargó hasta volverse incómodo. Afuera, un grupo de niños cruzó la plaza. Nadie los miraba.
Uno de ellos llevaba una máscara con el dibujo de un cuervo; los demás lo seguían cantando una consigna que alguna vez había sido una canción de moda. Paula se asomó un momento al escucharlos. Le estremeció no tanto el disfraz, sino la naturalidad con la que los niños imitaban aquello que las estaba destruyendo. Eva se acabó el café.
Su corto y desordenado pelo, casi negro, tenía unos mechones plateados que no disimulaba. Se movía con la impaciencia de quien siempre está a punto de marcharse. Su piel mostraba el desgaste de días de lucha, y sus labios, siempre tensos, rara vez dibujaban algo parecido a una sonrisa sincera. Sin embargo, cuando aparecía, su risa, era seca, rápida.
Llevaba los ojos delineados con un trazo que se borraba a mitad del día, y aun así conservaba cierta belleza insolente. El desgaste del tiempo no había logrado domesticarla. Era la voz crítica del grupo, la que decía en alto lo que las demás callaban, aunque luego se arrepintiera en silencio.
Había aprendido a sobrevivir riendo del desastre, pero a veces, cuando creía que nadie la observaba, el brillo en su mirada delataba un miedo que nunca reconocería.
—¿Cómo está tu padre? —le preguntó a Beatriz, dejando la taza sobre una pequeña mesita que había a su lado. La otra tardó en responder.
—En las últimas. Apenas come. A veces no me reconoce. Dice que ve a mi madre en sueños. Todo bien. La ironía de esas últimas dos palabras fue tan amarga que Paula bajó la cabeza.
—Era el más fuerte de todos —dijo para sí misma.
—Ya no quedan hombres fuertes —dijo Beatriz. Paula asintió sin mirarla. Su mente ya estaba en otro lugar, en algún plan, en un cálculo invisible para mantenerlos a todos con vida un día más. El reloj volvió a marcar la hora, sordo, distante, pero, al menos, rompió el silencio que de nuevo se estaba instalando en la habitación.
—Hugo sigue en la Catedral —dijo al fin Beatriz—. Insiste en que allí dentro tiene que haber alguna respuesta, algo que no hayamos visto en todos estos años.
—O algo que inventar —comentó Eva.
—Lo que sea —añadió Paula—, mientras lo mantenga cuerdo.
—Luis y Gloria han ido al viejo cauce del río —continuó Beatriz—. Quieren inspeccionar las rutas de entrada.
—¿Solos? —le preguntó Eva.
—¿Con quién iban a ir? —le respondió Beatriz, sin esperar respuesta. Paula suspiró y dijo:
—València ya no es nuestra. Ni siquiera la reconocemos. Hay barrios donde nadie pronuncia nuestros nombres.
—Lo sé —le contestó Beatriz—. Pero mientras haya una sola casa, una sola palabra, resistiremos. Dijo «resistiremos» sabiendo que ninguna de las dos la creía, pero necesitaba oírlo en voz alta para no olvidar quién era. Eva se echó a reír, amarga.
—¿Resistir qué? —dijo— Lily ya no necesita ejércitos. Controla gobiernos, tribunales, prensa, escuelas. Sus ideas están en las paredes, en los billetes, en las canciones, en las redes sociales. Son mayoría. ¿Has visto alguna de sus apariciones? La gente la quiere, la aclama. Están ciegos y nosotras somos incapaces de cambiar nada. Beatriz la miró con cansancio.
—Entonces resistiremos por costumbre. La frase cayó como un golpe seco. Paula cogió un papel que había en la mesa y empezó a doblarlo. En sus manos, que nunca temblaban, se adivinaba la precisión de una mente que requiere tener el control para no romperse. Sin embargo, últimamente, necesitaba tenerlas ocupadas: dándole vueltas a algún objeto, alisando una manta, recogiendo migas invisibles…
No soportaba el vacío. Se había vuelto con los años discreta y analítica. Las ojeras profundas delataban noches sin dormir y años de cálculo constante. Vestía igual que pensaba: sin adornos, sin margen para la improvisación. Había aprendido a sobrevivir planificando, pero ese orden férreo escondía el miedo que tenía a perder el control. Tenía la serenidad de quien se ha acostumbrado a fracasar sin derrumbarse.
Su cabello, oscuro y liso, siempre recogido en una trenza, le daba un aire severo que contrastaba con la suavidad de sus movimientos. Tenía la espalda recta incluso cuando el cansancio la vencía, y hablaba con una voz baja, contenida, que a veces resultaba más firme que cualquier grito.
—Quizá podríamos reagruparnos, movernos al norte. Hay rumores de gente que aún lucha —dijo, intentando cambiar el tono. Eva negó con la cabeza.
—No. Lo que queda del mundo ya les pertenece a ellas. Y si no lo entiendes, morirás creyendo en fantasmas. Beatriz se incorporó despacio.
—No pienso huir. Si caemos, que sea aquí. En nuestra ciudad. Al decirlo, puso la mano sobre la mesa, como quien jura ante un altar invisible. Y, en ese mismo instante, una ráfaga de viento abrió la ventana. Como de si una broma trágica se tratara, un papel voló hasta la mesa. Era un panfleto nuevo: el rostro de Lily impreso sobre un fondo blanco, con letras negras: VIVE. Paula lo recogió con cuidado.
—Hasta su propaganda es maravillosa —murmuró, irónica, mientras se lo pasaba a Beatriz. Beatriz lo examinó unos segundos, luego lo giró del revés y lo dejó allí.
—El día que vivir sea suficiente, estaremos muertos de verdad. El ruido de la puerta abriéndose las hizo ponerse en modo defensa. Luis apareció cubierto de polvo; detrás, Gloria, con la cara y las manos manchadas de barro.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Beatriz. Luis habló entre jadeos
—El cauce… todo ha ardido. Los refugios, los suministros. Los cuervos no están dejando nada. El silencio que siguió no fue como los anteriores. No era un silencio que esperara palabras; era uno que las devoraba. Gloria, aún con el barro resquebrajado en las mejillas, parecía más adulta de lo que era. Ya no tenía una expresión de joven altiva y desafiante.
Ahora parecía la de alguien que ha visto demasiado y demasiado pronto. Beatriz, de repente, sintió un nudo en la garganta: no sabía si por su hija o por sí misma. Luis dejó caer la mochila en el suelo. El golpe hizo eco en la habitación. Nadie se movió.
Era como si cada una de las personas allí reunidas hubiera entendido, al mismo tiempo, que algo acababa de romperse definitivamente, algo que ni las palabras ni la voluntad podrían solucionar. Beatriz se apoyó de nuevo sobre la mesa, obligándose a no temblar. Las yemas de sus dedos rozaron el panfleto, aún boca abajo.
Por un instante sintió el impulso irracional de romperlo, de quemarlo, de arrancarle a Lily esa sonrisa perfecta que parecía seguirla a todas partes. Pero no lo hizo. No tenía fuerzas ni siquiera para ese gesto inútil. Afuera, un trueno hizo vibrar los cristales. Era una nueva tormenta.
El rayo cayó tan cercano que una vibración profunda recorrió el suelo y pasó por sus cuerpos como un recordatorio: València había dejado de pertenecerles mucho antes de que ellas lo admitieran en voz alta.
—Cerrad la ventana —ordenó Paula, pero su voz sonó extrañamente frágil. Luis obedeció. El viento dejó de entrar, pero no trajo alivio. El silencio era el de una casa sitiada, de espera obligada, de respiraciones contenidas.
Beatriz miró a su alrededor, una por una: Paula con la espalda tensa; Eva con el ceño fruncido y la taza vacía entre las manos como un talismán inútil; Luis en la puerta, vigilando sin saber qué buscaba; Gloria, quieta y seria. Eran todo lo que quedaba. Las últimas piezas de un tablero que ya no les pertenecía.
—Mamá… —murmuró Gloria. Beatriz quiso decirle que no pasaba nada, que todo iba a arreglarse, que aún había una oportunidad, aunque fuera mínima. Pero al abrir la boca descubrió que no recordaba cómo se decían esas mentiras. Así que solo la miró y comprendió que ya no luchaba por la ciudad, ni por la causa, ni siquiera por el recuerdo de lo que habían sido.
Solo quedaba luchar por que el mundo no se tragara a los pocos que tenía a su alrededor. Una segundo trueno retumbó aún más cercano. Beatriz cerró los ojos un instante. Y en esa oscuridad breve, sintió algo parecido a una determinación nueva. No esperanza —esa había muerto hacía tiempo—, pero sí una especie de memoria rabiosa que se negaba a desaparecer.
Cuando volvió a abrirlos, la habitación seguía igual. Todo seguía igual. Y sin embargo, algo había cambiado. Una certeza silenciosa se instaló dentro de ella: el final no las encontraría huyendo.
—Dime, Gloria —le contestó por fin.
—¡Feliz cumpleaños, mamá! Nadie respondió. A Beatriz le hubiera gustado volver a tener quince años. Hoy no había tarta, ni velas, ni risas, ni siquiera regalos. Solo el zumbido del viento entrando por la ventana cerrada y el peso de una verdad que todos compartían: la guerra no se estaba perdiendo. Ya estaba perdida.
Mientras tanto, Londres vibraba. La ciudad temblaba bajo los gritos, los aplausos y el golpeteo rítmico de miles de botas. La vieja nave industrial en la que se celebraban las antiguas reuniones se había convertido en un auténtico santuario. Hoy estaba a reventar. Focos improvisados iluminaban techos altos, ennegrecidos por el humo de bengalas y antorchas.
Cada superficie disponible —tuberías, barandillas, vigas metálicas— estaba ocupada por gente principalmente joven que gritaba proclamas de libertad. Sin duda, seguía siendo el centro neurálgico de los cuervos. Desde el exterior llegaban más voces, aplastadas contra las puertas cerradas.
Aguardaban bajo la lluvia, algunos encaramados a vallas, otros trepando por las ventanas para escuchar o subidos a coches, a contenedores, a cualquier cosa que les diera una oportunidad de verla. Porque todos habían venido por ella. Por Lily. Ella aún no había aparecido, pero el murmullo colectivo era una ola inquieta que podía romperse en cualquier momento.
Había banderas, placas metálicas con el emblema de los cuervos, pantallas que proyectaban fragmentos de discursos anteriores. La euforia se palpaba: la gente sonreía, temblaba, lloraba incluso antes de verla. Y entonces se hizo un breve silencio. La plataforma central se iluminó con un foco cenital. Las puertas laterales se abrieron. Y Lily entró.
No caminaba: avanzaba con la seguridad absoluta de quien ya ha sido coronada mil veces. Alta, erguida, imperturbable. El cabello oscuro recogido hacia atrás, el rostro firme, sin necesidad de maquillaje ni artificios. Sus ojos arrastraban a la multitud con una simple mirada. La ovación que estalló en cuanto puso un pie en el escenario fue un rugido vivo, tan potente que algunos cristales vibraron.
Vestía de negro, un traje entallado con hombros marcados y una camisa blanca abierta por el cuello. Parecía mayor de lo que era y, al mismo tiempo, terriblemente joven, como si el tiempo la hubiera moldeado a su gusto. Extendió los brazos. No hablaba aún. No hacía falta. La multitud bramaba con solo verla respirar.
—¡Cuervos! —gritó al fin, y el sonido rebotó contra las paredes como un trueno contenido. La sala entera enmudeció.
—¡Hoy celebramos que la guerra llega a su fin! Un estallido de aplausos la interrumpió, pero ella levantó una mano. Bastó un gesto para que todos callaran al instante.
—El mundo que queremos —prosiguió— no es un mundo ordenado por leyes viejas, por normas muertas, por custodios de una supuesta moral. No. Nuestro mundo nace del deseo. Del instinto. De la voluntad sin cadenas. Cada uno de vosotros tiene derecho a vivir sin pedir permiso. A ser lo que quiera ser. A hacer lo que quiera hacer. Sin culpa. Sin frenos. Sin mirar atrás. Los gritos volvieron, exaltados.
Algunos levantaron los puños. Otros lloraron. Varias personas se arrodillaron.
—Durante mucho tiempo nos dijeron cómo vivir —continuó, caminando por el escenario con pasos seguros, casi felinos—. Qué sentir, qué pensar, qué creer. Nos asfixiaron con normas, con límites, con cadenas invisibles. Nos enseñaron a pedir perdón… ¡Incluso por ser libres! Un abucheo colectivo respondió a esa frase, dirigido a nadie y a todos. Lily alzó la mano. El silencio fue casi inmediato.
—Pero nosotros no queremos eso. Nosotros no lo necesitamos. Nosotros no nacimos para obedecer. Una ola de aplausos la envolvió. Ella sonrió, esa sonrisa suya de orgullo y desafío que parecía incendiar a quien la mirara demasiado tiempo.
—No venimos a destruir. Venimos a liberar. A romper las jaulas. A prender fuego a las barreras. El nuevo mundo que estamos construyendo no tiene muros… ni prohibiciones… ni pastores que decidan por nosotros. La multitud gritó su nombre una y otra vez:
—¡Lily! ¡Lily! ¡Lily! Bajo, en la parte de detrás del escenario, Gabriela lo observaba todo con un gesto tenso. Llevaba un abrigo largo, oscuro, y el pelo recogido en un moño severo. A su alrededor, jóvenes cuervos saltaban y participaban activamente del discurso de Lily, sin advertir que ella no compartía su entusiasmo. Su hija estaba radiante. Poderosa. Invencible.
Y sin embargo, cada frase que Lily pronunciaba hacía que un leve temblor recorriera su labio inferior. Parecía que cada palabra abría una grieta en un lugar que llevaba demasiado tiempo sosteniéndose. Lily levantó el brazo de nuevo.
—Nuestros enemigos… —Hizo una pausa larga, calculada— los que pretenden sujetarnos con reglas, con tradiciones, con miedo… no entienden que la libertad siempre termina devorándolo todo. ¡¡Siempre!! Un temblor recorrió la multitud. Aplausos, vítores, silbidos de euforia.
—Dicen que somos salvajes. Que somos crueles. Que somos imparables. Y tienen razón. El público respondió con unas risas que hicieron vibrar incluso las vigas del techo. Lily sonrió, una sonrisa afilada.
—Hay quienes aún se aferran al pasado —gritó—. Hay quienes prefieren vivir bajo el yugo de las tórtolas. Hay quienes todavía creen que ellas representan la paz. ¡La paz! —rio, amarga—. ¿Qué paz puede nacer de la obediencia? ¿Qué vida puede florecer en una cárcel? Algunos asistentes gritaron insultos contra las tórtolas. Otros pidieron «justicia», entendiendo la palabra a su modo.
Isabel, apoyada en una de las columnas laterales, escuchaba en silencio. No llevaba insignias, ni uniforme, ni siquiera un gesto de adhesión. Sus manos estaban cruzadas a la espalda, la cabeza levemente inclinada. Pasaba desapercibida, pero lo hacía a propósito. La luz no llegaba hasta ella, solo sombras. Le bastaba. Nadie sabía si estaba analizando a Lily… o protegiéndola. Lily continuó:
—Las tórtolas han sido un obstáculo durante demasiado tiempo. Confunden ternura con debilidad. Confunden disciplina con bondad. Se dicen protectoras, pero solo protegen sus cadenas. Hubo risas. Aplausos. Lily inspiró hondo. Sus ojos brillaban.
—Nuestro mundo no tiene espacio para quienes quieren frenar el avance. No lo tuvo nunca. No podemos permitir que quienes defienden el pasado eduquen a los hijos del futuro. Porque ningún enemigo nace inocente. Solo nace pequeño. Gabriela entornó los ojos, inquieta.
—Los niños —dijo Lily entonces, y un silencio repentino cayó sobre la sala—. Los niños de las tórtolas… serán tórtolas. Porque así son educados. Porque así son programados. Y cuando crezcan, serán enemigos. Gabriela dio un paso hacia adelante, instintivamente. La multitud, en cambio, estalló en un murmullo excitado, como si oliera sangre en la distancia. Ya no había dudas, no había freno ni moral.
Era una ola violenta, adoradora.
—Para evitar que el futuro repita los errores del pasado —continuó Lily, sin vacilar—, debemos cortar de raíz aquello que amenaza con renacer. No basta con vencer a las tórtolas de hoy. Debemos impedir el nacimiento de las tórtolas de mañana. Algunas personas gritaron «¡Sí!», «¡Acabad con todos!», «¡Que no quede ninguno!». Gabriela tragó saliva.
Lily la vio, desde el escenario, y durante un instante su mirada se cruzó con la de su madre. No hubo reproche en esos ojos. No hubo dudas. Solo convicción. Convicción absoluta.
—El futuro nos pertenece —sentenció Lily, elevando la voz hasta convertirla en un grito de guerra—. Y no dejaremos que NADIE —la palabra retumbó como un disparo— vuelva a encadenarlo. ¡Vamos a ganar esta guerra! ¡En poco tiempo vamos a comprobar que volvemos a vivir! ¡¡A ser libres!! El público rugió. La nave entera tembló.
Lily permaneció inmóvil un segundo, recibiendo el rugido de la sala como un baño de luz. Después, con un ademán suave, hizo un gesto con la mano a modo de despedida. Bajo del escenario por las escaleras de detrás, lejos de las manos que intentaban tocarla, de las cámaras que buscaban una foto y de los gritos que estallaban como bengalas.
Gabriela la esperaba allí con los labios fruncidos en una línea de desaprobación silenciosa. Cuando Lily bajó el último peldaño, Gabriela no se movió, obligándola a detenerse justo frente a ella.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Lily, sin amenazas en la voz, pero con la impaciencia de quien espera un elogio inevitable—. Ha sido uno de mis discursos más claros. Directos. Necesarios. Gabriela la observó.
—Eres brillante —respondió al fin, con un hilo de voz—. La ciudad entera te escucha… y te sigue. Lily sonrió, satisfecha.
—Entonces —dijo—, supongo que estás orgullosa.
—No —respondió Gabriela—. Ha sido lo de siempre: fuego, guerra y sangre. Lily ladeó la cabeza.
—Eso es bueno.
—No lo es —replicó Gabriela—. Y menos cuando hablas de matar niños. La sonrisa de Lily se deshizo en un parpadeo.
—¿Cómo dices?
—Lo de los niños, Lily. Has dicho que también hay que acabar con ellos. Un murmullo lejano de la multitud resonó. Lily volvió a inclinar la cabeza como si no entendiera o no escuchara bien lo que decía su madre.
—He dicho lo que debía decir. Es un mensaje para que sepan que no puede haber excepciones. Nada que no pensemos todos.
—Tú no piensas —dijo Gabriela, acercándose un paso—. Tú arrasas. Hay una diferencia. Y hoy has cruzado una línea. Los ojos de Lily brillaron de forma diferente esta vez, con una mezcla peligrosa de certeza y desafío.
—¿Y qué esperabas que dijera? —respondió, dando un paso hacia ella—. ¿Que dejaremos que los hijos de quienes nos odian crezcan? ¿Que esperaremos a que empuñen armas contra nosotros el día de mañana? ¿Que confiemos en que el mundo cambiará por sí solo? No. Eso es ingenuidad. Y tú lo sabes. Gabriela respiró hondo, clavándole la mirada.
—No confundas pragmatismo con crueldad. Lily sonrió de lado.
—A veces son lo mismo.
—A veces no deberían serlo. El silencio que siguió fue tan duro que resonó más que la música que en ese momento empezó a sonar en una fiesta improvisada. Por primera vez en toda la noche, el rostro de Lily perdió un ápice de estabilidad.
En ese choque mudo entre ambas, el parecido físico —la mandíbula firme, la postura erguida— acentuó aún más lo que las separaba: donde Gabriela tenía memoria, Lily tenía ambición; donde una tenía prudencia, la otra veía freno. Lily se cruzó de brazos, intentando que esa postura la protegiera de una vulnerabilidad que no quería reconocer.
—No puedes decirme qué hacer —murmuró.
—Sigo siendo la reina —replicó Gabriela—. Y, como madre, ese derecho lo tendré siempre. Lily bajó la mirada un instante, apenas un segundo. Cuando volvió a alzarla, su expresión era de acero.
—El futuro que estamos construyendo necesita decisiones difíciles —prosiguió, con una calma gélida—. Si te cuesta aceptarlo, lo entiendo. Pero tendrás que aprender a vivir en un mundo donde tus límites ya no importan. Gabriela abrió los labios para contestar, pero Lily no le dejó.
—Lo importante —continuó— es que el mundo avanza. Y no debemos permitir que nadie nos haga retroceder. La frase pareció una amenaza. Y entonces, desde la penumbra, Isabel dio un paso apenas perceptible hacia la luz. No intervino, pero sus ojos viajaron de Lily a Gabriela, midiendo la grieta que se abría entre ambas. Apretó los labios reconociendo algo inevitable, una deriva que ya no se podía detener. Lily no la vio.
Gabriela sí. Y ese reconocimiento silencioso entre ambas mujeres añadió un peso aún mayor al aire. Lily se dio la vuelta, dispuesta a marcharse, rodeada ya de seguidores que intentaban acercarse a ella. Sin embargo, antes de perderse entre ellos, se volvió ligeramente.
—Espero que algún día lo entiendas, mamá. Y desapareció. Gabriela permaneció quieta. Solo cuando los pasos de Lily se perdieron dejó caer los hombros. Isabel se acercó sin hacer ruido y se detuvo a su lado. No dijo nada. Gabriela tampoco. No hacía falta. La multitud rugía celebrando a Lily como una salvadora. El eco de aquella euforia vibraba bajo sus pies.
Gabriela levantó una mano y apoyó los dedos sobre el escenario. Necesitaba sentir algo estable, algo real.
—Está demasiado convencida —murmuró, más para sí que para nadie. Isabel inclinó apenas la cabeza, un gesto mínimo, oscuro.
—A veces —continuó Gabriela—, la luz que más deslumbra es la que más rápido se quema. Y en sus ojos, por primera vez, hubo un destello claro, un miedo profundo que ya no tenía que ver con la guerra sino con su propia hija.
La Catedral estaba en silencio. Un silencio distinto al de la ciudad. El único sonido que se escuchaba era el de las gotas de lluvia golpeando el techo. Los cristales polvorientos filtraban la poca luz de la tarde en haces oblicuos que parecían columnas de humo. Nadie entraba ya allí salvo él. Nadie quería hacerlo.
Hugo avanzó con pasos lentos por la nave central, sintiendo cómo el eco de sus botas se mezclaba con el latido puntual de su propio corazón. Había dormido poco. Llevaba semanas repitiéndose la misma frase en su cabeza, como un mantra, como una petición:
—Dame algo. Lo que sea. Se detuvo frente al altar, respiró hondo y apoyó las manos sobre la piedra fría.
—Vamos… —murmuró—. Dame una señal. Un gesto. Un susurro. Algo. Pero no obtuvo ninguna respuesta. Hacía años que nadie rezaba allí. Y aun así, Hugo no había perdido la costumbre de acudir de vez en cuando para hablar a solas con su propia sombra. Tenía la esperanza de hallar entre las paredes algún tipo de respuesta que no sabía si realmente quería encontrar.
Después de dar varias vueltas sin sentido, recorrió toda la catedral entre penumbras hacía la capilla lateral donde, protegido por una reja ahora oxidada y que apenas se mantenía en pie, aún se encontraba el Santo Cáliz. Empujó la verja, que cedió con un chirrido que resonó como un quejido. Allí estaba. Extrañamente, allí estaba.
Un objeto demasiado sencillo para todo lo que representaba, demasiado discreto para contener las respuestas que él buscaba con desesperación. Hugo se quedó inmóvil un largo instante. No supo bien por qué; quizá por respeto, quizá por miedo. Siempre lo había observado a distancia, como si tocarlo fuera una forma de profanar algo que no entendía del todo. Empezó a hablar sin dejar de mirarlo.
—Si de verdad fuimos los elegidos —susurró—, si Beatriz es la portadora de la felicidad… entonces esto no puede acabar así. No puede. La palabra «felicidad» le supo amarga. A Beatriz hacía tiempo que apenas se la veía sonreír. Y aún más tiempo desde que el propio Hugo lo hiciera.
—Gloria… —dijo en voz baja—. Siempre pensé que serías tú. Tú traerías orden. Tú pondrías normas. Tú arreglarías este desastre. La risa que soltó después fue seca, incrédula.
—¿Qué ve la gente en Lily? —dijo elevando el tono— ¿Qué demonios ve? ¿Qué tiene ella que no tengamos nosotros? ¿Por qué la siguen? ¿Qué les promete ella que nosotros no podamos darles? El eco repitió: darles… darles… Hugo negó con la cabeza. Se pasó la mano por el pelo, despeinándolo aún más. Ni siquiera sabía si esperaba una respuesta lógica o un milagro. La línea entre ambas cosas estaba cada vez más difusa.
Caminó alrededor del pedestal. Miró las paredes, la hornacina, las grietas del suelo. Pasó la mano por la piedra, tanteó rincones, buscó marcas, hendiduras, cualquier cosa que rompiera la monotonía del mármol. Nada. Dio más vueltas, varias, hasta marearse un poco. Parecía que el lugar estaba decidido a no darle ninguna respuesta.
—Vamos… —murmuró, frustrado—. Algo tiene que haber… Estaba tan ensimismado que tropezó con una piedra del suelo ligeramente levantada por el paso del tiempo. Puso las manos para detener su caída y sus dedos rozaron accidentalmente el cáliz. Retiró la mano al instante, como si se hubiese quemado. Respiró hondo. Lo miró. Y por primera vez en su vida, tuvo la necesidad de cogerlo. Lo miró con mucha atención y respeto.
Respiró profundamente antes de rodearlo con ambas manos y levantarlo. Pesaba más de lo que imaginaba. Mucho más.
—Nunca me había atrevido… —susurró, sin saber a quién se lo decía. Lo alzó despacio, sin dejar de mirarlo. Sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. No lo entendió. Al fin y al cabo siempre le había sorprendido lo ridículo que era el cáliz en sí.
—Tanta historia, tantas profecías, y al final no eres más que una copa —se dijo intentando calmarse—. Una copa vieja. Eres tosco, pesado, y con un diseño horrible. Parecía estar volcando en el cáliz sus propias frustraciones.
—Sin todo el artificio que te rodea, pasarías desapercibido entre platos baratos. Si contienes algún poder, desde luego sabes dónde esconderlo. Lo dejó con desdén en su sitio, defraudado por no haber encontrado ninguna respuesta. Le dio la espalda y a punto estaba de salir cuando su cabeza le hizo pararse en seco. Le había parecido ver un brillo en una de las asas que rodeaban la copa.
Permaneció parado temiendo darse la vuelta. Respiro un segundo mientras notaba cómo se le aceleraba el pulso. Finalmente se dio media vuelta y volvió a cogerlo entre sus manos. Buscó un lugar con un poco más de luz para poder fijarse bien en lo que sus ojos parecían haber visto. No se equivocaba. Había una hendidura. Mínima. Extraordinariamente pequeña.
Le pareció que eran una letras minúsculas, tan pequeñas que no alcanzaba a leerlas con claridad. Eso o una simple muesca aparecida después de tanto tiempo.
—No lo entiendo —dijo. Volvió al altar mayor donde un rayo de luz incidía directamente. Lo dejó encima de la mesa de mármol y le dio varias vueltas a la misma como si, por el hecho de rodearlo, algo fuera a revelarse. Se acercaba y se alejaba continuamente con mucho nerviosismo. Estaba seguro de que ahí había algo escrito pero la vista no le alcanzaba a descubrir qué era.
—Estoy haciendo el idiota. Seguro que no es más que un arañazo. Intentaba engañar a su mente para calmarse, pero no podía. Empezó a buscar por todas partes algo que le sirviera para verlo con detalle. Pensó en llevárselo a casa y examinarlo con calma con una lupa, pero el corazón le gritaba que saliera ya de dudas.
Empezó a caminar con prisas por toda la catedral, desesperado por encontrar algo que le pudiera ayudar. Estaba a punto de abandonar su búsqueda cuando, al pasar por una de las capillas laterales semiderruida por el abandono, vio algo brillando tirado en el suelo. Era un pequeñísimo cristal abombado, del tamaño de una uña, pegado a un marco de madera astillado.
Entendió que debió formar parte de algún relicario.
—¡Perfecto! Hugo notaba que el corazón le latía tan fuerte que tuvo que sentarse unos minutos en uno de los bancos que aún quedaban para tomar aire antes de volver a examinar el cáliz.
—Al final no va a ser nada y estoy aquí que no puedo ni respirar —pensó. Se levantó aún temblando, acariciando con nervios el pequeño cristal que llevaba en sus manos. Estaba tan absorto que casi no se dio cuenta de que se había hecho un corte. Sin atreverse a coger el cáliz, se acercó todo lo que pudo y examino el asa con el vidrio.
Vio entonces la pequeña herida que, antes de seguir, se limpió metiéndose el dedo en la boca. Volvió a notar su corazón latiendo con fuerza. Allí había unas letras minúsculas. Tan pequeñas que le costaba leerlas con claridad. Era una inscripción en latín. Estaba tan erosionada que apenas podía separar las palabras.
Tartamudeó la lectura, torpe e inseguro, repitiendo sílabas, corrigiéndose, dudando.
—Om… omnia… rep… repetuntur… sed… om… omnia… mut… mutari… pus… pussunt… Tardó varios segundos en unir el sentido.
—Omnia repentutur, sed omnia mutari pussunt —dijo. Repitió la frase varias veces. Necesitaba convencerse de que la había leído bien. No estaba seguro. Podía haberlo interpretado mal. El latín no era algo que dominara. Podía significar otra cosa. La duda lo atravesó como un frío súbito. Entonces sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Todo se repite —dijo, muy despacio—, pero todo se puede cambiar… La frase le golpeó como un presagio. Como una advertencia. O como ambas cosas a la vez. Se quedó absorto, pensando en las palabras sin parpadear, cuando escuchó pasos detrás de él. Pasos torpes, desgastados, pero reconocibles. Se giró lentamente. Era Miguel. Parecía más hundido que nunca.
Llegaba con la barba sin recortar, ojeras profundas, la ropa sucia de barro. Tenía la mirada perdida y, aun así, peligrosa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Hugo, sin disimular la desconfianza.
—Busco… no lo sé. Algo. O a alguien —dijo Miguel, farfullando y frotándose los ojos—. Beatriz. O respuestas. O sentido. No sé ya qué busco. Hugo frunció el ceño.
—Llevas diciendo eso veinte años. Miguel lo ignoró. Caminó hacia él y hacia el cáliz con una fascinación oscura.
—¿Crees que hay algo ahí dentro? —preguntó.
—No lo sé —respondió Hugo—. Pero al menos yo lo intento. Y tú… no sé qué haces. No sé qué aportas, Miguel. Miguel se tensó. Hugo dio un paso hacia él.
—Beatriz cree que tu vuelta lo estropeó todo. Paula lo cree. Eva lo dice abiertamente. Y yo… yo lo sé seguro. No has hecho nada. Nada. Has sido una sombra durante años. Miguel alzó la barbilla, herido.
—Estoy aquí, ¿no?
—Pero no estás —Hugo lo señaló con el dedo—. No ayudas. No luchas. No decides. Solo miras. Solo cargas con tu culpa como si eso fuera a salvarnos. El silencio se volvió insoportable. Miguel respiró hondo. Demasiado hondo.
—No tienes ni idea de lo que…
—¡NO! —lo interrumpió Hugo—. No me vengas con misterios. No estamos para eso. Si sabes algo, dilo. Si puedes hacer algo, hazlo. Y si no… Lo miró con desprecio. —…apártate. La mirada de Miguel se oscureció. Algo dentro de él se quebró sin aviso. Era cansancio, dolor, rabia acumulada.
—No me hables así. Hugo rio, incrédulo.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Irte? ¿Sentirte mal? ¿Llorar? ¡Venga ya! Miguel lo empujó. No fue un empujón fuerte, pero Hugo tropezó con un escalón, golpeó el cáliz con las manos y este se cayó al suelo separando la copa de la custodia de plata. La herida que se había hecho en el dedo volvió a sangrar. Hugo gritó cabreado al ver el cáliz roto. Miguel retrocedió, horrorizado.
—Hugo… yo… no quise…
—Por un momento pensé en matarte —dijo Hugo, poniéndose en pie con dificultad—. No creas que no lo pensé. Miguel tragó saliva. Hugo respiró hondo.
—Pero no. No voy a hacerlo. No podemos permitirnos perder a nadie. Ni siquiera a ti. Una gota de sangre resbaló desde la herida de Hugo, y cayó justo encima del asa que contenía la inscripción. Aquello reaccionó. Muy ligeramente. Con un destello apenas perceptible, como un temblor de luz. Pero fue real. Hugo se quedó petrificado.
—Miguel… —susurró. El otro dio un paso atrás, sin saber si temer o creer. La luz volvió a brillar. Esta vez, un poco más fuerte. Algo parecía haberse despertado tras años dormido. Hugo contuvo la respiración. Y entonces, bajo la luz rojiza de su sangre, una segunda línea de texto que antes ni siquiera había imaginado que existía, pareció despertar, como si alguien la estuviera escribiendo desde dentro.
El prólogo y estos primeros capítulos son una muestra. El resto de la historia te espera en la edición completa.
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