De mi gran familia. De mi china vida (11)

Fui yo el que rompió el silencio después de un rato.

– Háblame ahora de ti un poco – le dije.- Que llevo yo un buen rato contando mis historias.

– ¿Qué quieres que te cuente? – preguntó ella aún un poco enfurruñada.

– No sé. – dije yo – ¿Familia?

– Un padre y una madre. – dijo ella.

– ¿Primos? – pregunté yo sin pensar mucho.

– Mi madre era hija única, mi padre era hijo único, mis abuelos eran hijos únicos – dijo ella. – ¿Conoces la política china del hijo-único?

– Ya, pero esa política es de 1979. Tus padres podían haber tenido hermanos perfectamente. Y tus abuelos también. – dije yo.

– ¿Qué eres el marisabidillo occidental? – dijo la china.

– ¡Contigo es que es imposible! – dije yo.

– ¡Que no, bobo! – dijo riéndose – Que me gusta la broma.

– ¡¡¡Humol Amalillo!!! – grite yo.

– Eso no ha tenido gracia – dijo ella muy seria. – Y ya te lo dije.

– Tienes razón – dije yo con una sonrisilla.

– Estamos en 1985, continúa con el relato de tu vida y déjate de sandeces. – me cortó ella.

– Bueno, pues en 1985 nace mi última prima – dije yo retomando mi historia.

– ¿Cuántos primos tienes? – me preguntó ella.

– Muchos – dije yo.

– ¿Cuántos? – insistió ella.

– Es que me da vergüenza. Como tú no tienes ninguno. – dije yo sinceramente.

– Ya. El mundo está muy mal repartido – afirmó ella. – ¿Cuántos?

– ¿En total? – dije yo alargando la respuesta.

– No, en parcial. ¡Claro que en total!

– Pues… En total tengo… Diecinueve primos… – dije yo.

– ¡¡DIECINUEVE PRIMOS!! – exclamó ella.

– Sí. Diecinueve: Emiliano, Charo, Mª José, Eva, Ana Belén, Alejandro, Beatriz, Mª Ángeles, José Antonio, Isabel, Tere, Dani, Elena, Araia, Irene, Lorena, Ramón, Emilio e Inma.

– ¿Y te sabes los nombres de todos?

– ¡Claro! ¿Cómo no me los voy a saber?

– ¿Y los distingues unos de otros?

– ¿Cómo que si los distingo? ¡Claro que los distingo!

– Como los occidentales sois todos iguales. Lo mismo te cuesta distinguir a unos de otros.

– Pues no. Los occidentales no somos todos iguales y es muy fácil distinguirlos.

– ¡Diecinueve primos! – volvió a exclamar sin dar crédito. – Una gran familia.

– Si cuento a mis tíos y mis sobrinos unos cincuenta. Y si añado la familia de mi marido, casi setenta.

– ¡Setenta familiares directos! – dijo ella con los ojos como platos, que ya es mucho decir.

– Sí. Más o menos. Y contando a las mujeres, maridos, novios o novias de mis primos y primas, de mis hermanos, a mis suegros, y tal pues… Noventa y cuatro, exactamente.

– ¡Noventa y cuatro! – dijo ella aún sorprendida. – Y ¿hay alguno más como tú?

– ¿Como yo? ¿A qué te refieres?

– Ya sabes…

– No. No sé.

– Algún… Ya sabes… Algún… Algún “actor” más. – dijo ella midiendo sus palabras.

– ¡Ah! – dije yo “entendiendo” – No. Yo soy el único.