La china seguía haciendo cálculos acerca del precio de la vivienda en los ochenta y a mi me estaba entrando el hambre.
– Podríamos comer algo – le dije yo.
– ¿Quieres un aperitivo chino? – me preguntó ella con cierta sorna.
– No, gracias – le dije yo. – Recuerdo perfectamente lo que pasó la última vez que abrí uno de esos “caramelos”.
Estaba claro que iba a perder kilos en China.
– Tú te lo pierdes – dijo ella mientras se zampaba uno. – Pero continúa, no te cortes.
– ¿Por dónde iba? – dije yo sin dejar de mirar cómo se metía aquello en la boca.
– Acabas de llegar a Burjassot. Una mudanza más. ¿Te costó hacer amigos?
– Me alegra que me hagas esa pregunta. La verdad es que yo nunca he tenido una pandilla de la de “toda la vida”. En eso envidio muchísimo a la gente que te dice: “Mira, este es mi más mejor amigo desde que éramos pequeños”. Supongo que ha habido demasiados cambios en mi vida. Pero recuerdo perfectamente a los que serían mis dos primeros amigos: uno hablaba francés y el otro valenciano.
Uno era mi único vecino, ya que durante muchos años vivimos en el portal, de doce puertas, sólo dos familias. Nosotros en el cuarto piso y ellos en el quinto. Nosotros en la diez, ellos en la doce. Nos pasábamos el día uno en casa del otro. Con él descubrí a “Astérix y Obélix” o a “Mortadelo y Filemón”, o a los dos, no lo recuerdo muy bien.
El otro fue compañero de clase y de colegio, con alguna interrupción, hasta los dieciocho. Íbamos juntos todos los días a clase. Durante años nos recogía su “tata” y nos llevaba juntos al cole. Jugábamos, además, en el mismo equipo de baloncesto y durante años fuimos uña y carne.
De los dos tengo un grandísimo recuerdo – dije yo soltando una lagrimilla.
– ¡Vaya! Te has puesto sentimental – dijo ella sin dejar de comer. – Se nota que te haces mayor.
– Mujer, no todo iban a ser risas. – dije yo.
– ¿Y ya no tienes contacto con ellos? – preguntó ella.
– La verdad es que los tengo a los dos en Facebook, y gracias a ello sigo sus andanzas por la vida. Y, fíjate lo que son las cosas, me alegro mucho por sus éxitos y me preocupan sus inquietudes. Después de tantos años sigue habiendo un vínculo especial entre ellos y yo. No sé si es recíproco, pero es algo que está ahí. Que no se va con el paso del tiempo. Siempre formarán parte importante de mi vida.
– Pero ¿tú crees que te ayudarían a esconder un cadáver? – dijo ella muy seria.
– ¿Qué dices? – pregunté yo contrariado.
– Para saber si uno es tu amigo de verdad hay que preguntarse si te ayudaría a esconder un cadáver. – continúo ella. – Si aparecieras en casa de uno de tus amigos con un cadáver que esconder ¿cuántos de ellos te ayudarían y cuantos de ellos te cerrarían la puerta o te delatarían? Sólo los primeros son verdaderos amigos.
Y la puñetera china me hizo pensar sobre ello a miles de kilómetros de mi casa. Llamadme optimista, llamadme iluso, llamadme amigo de mis amigos, pero encontré al menos una docena que lo harían y por los que yo lo haría. ¿Y vosotros?