De cómo se estropean los cuerpos. De mi china vida (12)

– Y entonces empecé a estropearme – dije yo.

– ¿A los doce años? – me preguntó ella.

– Sí. Más o menos a esa edad. – afirmé yo. – Lo primero que hice fue romperme los dientes.

– Buen comienzo. – apuntó ella.

– Sí, yo siempre he sido de principios espectaculares.

– Y ¿cómo fue eso? – me preguntó.

– Pues en bicicleta. Me choqué contra una valla y di dos vueltas de campana antes de caer en tierra.

– ¡Qué dolor! – dijo ella estremeciéndose. – ¡Aaaaah!

– Sí. Lo sé. – afirmé yo que al revivirlo tenía la misma sensación.

– Y ¿qué pasó luego? – preguntó ella.

– Me llevaron al dentista y me dijo que hasta los dieciocho no iba a tener arreglo. – le contesté.

– ¡Vaya!

– Sí. Así que deje de sonreír. Después empezaron a crecerme cosas y ya nada fue igual.

– Ya entiendo – me dijo ella con una sonrisa picarona.

– No, no me refiero a eso. – intuyendo a lo que se refería – Eso fue más tarde. Empecé a pegar el estirón y el cuerpo se me desajustó. Era más alto que la media de mis compañeros, la nariz empezaba a tener la forma y tamaño que tiene ahora, los pies crecían por su lado. Desde entonces no me gusta ir a las zapaterías.

– ¿Y eso?

– Porque cada vez que iba salía con un número más y me daba mucha rabia. No he vuelto a comprarme unos zapatos.

– Eso es imposible. Ahora irías descalzo.

– Quiero decir que antes me los compraba mi madre directamente, yo me los probaba y si me gustaban me los quedaba; y ahora se encarga mi marido de comprarlos. O algún amigo ve algunos zapatos me envía una foto y me los compra. Odio las zapaterías.

– Te entiendo. – dijo ella comprensiblemente – ¿Y qué más te creció?

– Las manos. Enormes para un chico de mi edad. – dije yo

– Y las orejas – me preguntó ella.

– No – dije yo, – las orejas venían así de serie. Han sido grandes siempre.

– Para escuchar mejor. – dijo divertida.

– Pues tampoco. Tuve la ocurrencia de meterme plastilina en los oídos. No me preguntes por qué, no lo sé ni yo. Así que me llevaron al hospital para quitármela y me tuvieron que succionar los dos oídos y desde entonces tengo un 60% de perdida de audición de los sonidos agudos.

– ¡Madre mía! – exclamó. – ¡Qué puto desastre!

– Así es.

– ¿Y cómo lo llevas?

– Pues mira, a veces me miro al espejo y pienso: ¿Cómo alguien con tantos defectos localizados puedes estar tan bien? – dije yo riéndome.

– Desde luego autoestima no te falta. – dijo mirándome de arriba abajo.

– No, cierto, de eso voy sobrao. – sonreí yo.