Aceptad pulpo

Confieso, y lo hago antes de sumergirnos en la vorágine, que voy a perder. Supongo que lo mismo que siento ahora lo sintieron los primeros ejércitos con lanzas que se enfrentaron a ejércitos con armas de fuego. Si estás en inferioridad desde el principio es mejor asumirlo.

Hace tres años, cuando me enfrenté a las elecciones todo era nuevo, contaba con mi ilusión, el apoyo de los míos y mi firme decisión de hacer la vida de mis vecinos más fácil. Con eso bastó.

Ahora es diferente. Ya no soy aquel desconocido que iba abajo en las listas ni mi partido es aquel grupo que, de repente, aspiraba a gobernar bajo la mirada de condescendencia del resto.

Ahora hemos entrado en el terreno de juego y, aunque queramos que las reglas cambien, hay quien aún se empeña en utilizar las antiguas.

Se acercan las elecciones y este último año va a ser una batalla. Y no voy a poder luchar con las mismas armas. Es así. Soy incapaz de mentir para hacer daño a alguien, no sé interpretar la realidad para sacar provecho. 

No me sale. No puedo dejar de lado mis escrúpulos, nunca. No puedo perder el tiempo investigando a alguien, persiguiéndolo hasta conseguir ver cuándo se hurga la nariz en público. Tengo la mala costumbre de intentar comprender las acciones de todo el mundo, de justificarlas. Trabajo cada día mi empatía, mi asertividad, mi genio, para procurar, como todo el mundo, ser cada día un poco mejor persona. 

Por eso ahora me rindo antes de hora. No voy a caer, no voy a tirar por tierra todo ese trabajo personal de superación porque se acerque unas elecciones. Por eso aviso a navegantes: si alguien durante esta campaña lo va a hacer conmigo, no voy a defenderme en el mismo terreno. Sólo se hacer las cosas en las que creo: poner soluciones creativas a problemas enquistados, trabajar en equipo, luchar por las personas y su dignidad, mirar las cosas desde otros puntos de vista, usar el sentido del humor como bandera, escuchar, confiar en los que me muestran su confianza y soñar, soñar mucho. Pero soy incapaz de caer en la difamación, el juego sucio y la mentira.

Así que, aunque sea desvelar mis debilidades, lo confieso, mi juego es otro, mis reglas son otras. Y si alguien intenta jugar conmigo con esas reglas caducas y falsas lo sentiré pero… el scartergoris es mío y me lo llevo a casa.