Bendito Caos

Per celebrar les #FallesUNESCO, recupere este text escrit a març de 2015 i publicat a El Turista Fallero.

“Me levanto todos los días a las seis y media de la mañana. Trabajo de lunes a sábado, incluso algún domingo. Tras cinco años de carrera y dos licenciaturas, me dedico a apretar tornillos, sin pensar mucho. Lo hago en una fábrica de un polígono industrial a las afueras de Valencia ciudad. No es un trabajo agradable, lo sé, pero en los tiempos que corren, tú me dirás… Tengo suerte de que a mi jefe aún no se le haya ocurrido la brillante idea de finiquitar mi puesto de trabajo con una máquina que lo hiciera todo mucho más rápido. A veces me dice: “Me gusta que las cosas se hagan artesanalmente, de forma manual.” Como si el trabajo que yo hago a diario tuviera algo de artístico o divertido. A veces pienso que es un buenazo, excepto cuando me hace trabajar los domingos; entonces se me olvida.

Soy puntual. Llego limpio y aseado, aunque salgo hecho unos zorros. En mi casa no ganamos para detergente con el que quitar toda la grasa que se me pega al mono de trabajo. Podría no hacerlo. Podría no limpiarlo, pero no sería yo mismo. He de entrar impoluto, aunque sepa que saldré diez horas después negro como el tizón.

Tengo dos horas para comer, pero no vuelvo a casa. No me daría tiempo a ir, hacer la comida, comer y volver. Así que, cada día, antes de acostarme, me preparo la comida del día siguiente. Todas las semanas hago lo mismo, por llevar un control, una disciplina. Relleno una botella de plástico con agua del grifo y la pongo en la nevera para llevármela. A veces voy tan dormido que se me olvida cogerla. Entonces no me queda más remedio que comprarla en la máquina que hay a la entrada. No bebo alcohol, quizás alguna cerveza, algún fin de semana.

Mi vida transcurre sin sobresaltos. De casa a la fábrica, de la fábrica a casa. Levantarse y acostarse pronto. Nada de excesos y rezar un poco cada día para que no llegue un pedido de última hora que nos haga trabajar el fin de semana. Nada extraño, nada anormal, nada que destacar. Sé que tengo una vida anodina, pero soy feliz. Pago como puedo mis impuestos, no me meto con nadie y nadie se mete conmigo.

Entonces… llegan las fallas. Llega el esplendoroso mes de marzo. Mi jefe, entonces sí que lo amo, cierra la fábrica. Da igual cuando caiga San José, él cierra la fábrica toda la semana fallera. En quince años que trabajo allí no ha aceptado ningún pedido que se hubiera de entregar entre el doce y el veinte de marzo.

Y llega el madrugar para ir a la despertà, cuando te has acostado a las seis recogiendo los destrozos de la disco-móvil que acabó a las cuatro. Llegan las siestas, los descansos en cualquier lado, el estar el día sentado.

Llega el comer a deshora, a destiempo, a veces con gula, a veces incluso con desgana. Comer con las manos sucias, directamente del plato. Compartir el mismo bocadillo con siete, con ocho, con los que haga falta.

Llega el salir de casa con el mismo polar del día anterior, y del anterior, y del anterior. Que la ropa te huela a humo, a petardos, a pólvora. Que te huela a paella, a buñuelos. Que no te importe si llevas las rodillas llenas de arena, de asfalto, porque has estado plantando.

Llega el hablar con todo el mundo, de lo que sea, cuando sea. Contar que tu trabajo es apasionante. Confesarse y confesar. Reír y llorar. Vivir, disfrutar. Llega estar cansado, destrozado, animado.

Llega el no llegar, el hacer tarde, el salir temprano, el estar a punto o estar despistado. Las pizarras con horarios en el casal, los cambios de última hora, el incumplir hasta el último propósito. Llega el no tener mujer ni marido, el “no me esperes”, “ya subo luego”, “estoy con las amigas”, “jugando al truc”, “de merienda”, “una copa más”.

Llega el ir a la ofrenda con los pies destrozados. Y al pasacalles, a la recogida de premios, a visitar a falleros. Ir al bar de la esquina para pedir la voluntad para la falla. Llegan las calles cortadas, los coches mal aparcados, el vecino que pita, el extranjero que coge un taxi y el taxista que hace el agosto.

Llega el gin-tonic, la cerveza, el chupito después de la cena. Llega la cassalla, el barrejat, el licor amarillo. El “yo no puedo más” y el agua de los floreros. Llega el no ver nada y el verlo todo.

Llega la falla, el ninot, la escena, los carteles, el “esto no va aquí”, el “como el año pasado” y el “se ha hecho así toda la vida”. Llegan los jóvenes, lo viejos, los niños. Los que lo crearon todo y los que no creen en nada. Los que están siempre y los que nunca aparecen. Los que lo saben todo y los que nunca aprenden.

Llega el sentirse vivo y sólo en cinco días.

Y el día veinte vuelvo al trabajo. A apretar tornillos. El jefe me saluda con cara relajado. Se le nota feliz. Se le nota fallero. En este mundo mercantilizado donde sólo el trabajo parece importante, donde hemos convertido nuestra vida en un ir y venir del trabajo, en una rutina, en un hacer todos los días lo mismo. En esta gran ciudad que parece civilizada, donde todo son normas, disciplina, cumplimientos y cumplidos. En esta urbe que quiere ser cosmopolita, donde muchos van de estirados, donde se aprecia poco la existencia. Aquí, en Valencia, cada mes de marzo llega la vida y yo, como miles de valencianos, participo de esta locura, de este no saber qué va a pasar, del botarme las normas, de esta explosión.

Y todos los años, cuando vuelvo a la fábrica, cuando aprieto el primer tornillo pienso: ¡Gracias a Dios que existe marzo! ¡Gracias a Dios que sólo quedan trescientos sesenta días para fallas! ¡Gracias a Dios por este bendito caos!”